87
En una de las regresiones intermedias, las que no he contado porque no dieron un dato nuevo sino algo peor —una emoción vieja—, Marina recuperó la voz de nuestra madre.
La llevé, con la voz de cura, a las horas previas a aquella noche, a la cena, a la cocina.
Y de pronto, con los ojos cerrados y la respiración de niña, dijo: «Mamá está cantando.
» Me quedé helado. No recordaba a mi madre cantar; en mi memoria, mi madre era silencio administrado, gafas de sol y una taza de té.
Pero Marina insistió, con una sonrisa pequeña asomándole en pleno trance: «Canta bajito, mientras seca los platos, para que papá no la oiga.
Una canción tonta, de cuando era joven. La canta solo cuando cree que nadie la escucha.
» Y entonces Marina, en mi sillón, con treinta años y diecisiete de crímenes a la espalda, tarareó tres notas, tres, de una melodía que yo no conocía y que, sin embargo, me atravesó como atraviesa el frío del agua de una acequia, porque mi cuerpo, ese que no olvida lo que la cabeza tacha, la reconoció antes que yo.
Tuve que parar la sesión. No por ella, sino por mí.
Salí del estudio, fui a la cocina, me agarré al borde del fregadero igual que se agarra uno a la realidad cuando se le mueve, y lloré por primera vez en diecisiete años.
No por mi padre, ni por Tomás, ni siquiera por la culpa que creía mía.
Lloré por tres notas de una canción tonta que mi madre cantaba bajito secando los platos para que su marido no la oyera ser, por un instante, feliz.
Lloré porque comprendí que de mi madre lo había clasificado todo —víctima, perdida, cuenta cerrada— menos lo único que importaba: que dentro de aquella mujer encogida, debajo de las gafas de sol de enero, había seguido viva, hasta el final, una chica que cantaba.
Que la había dado por perdida sin conocerla.
Que me senté en el suelo de un pasillo a mirarme las manos mientras una mujer que cantaba bajito gritaba en la habitación de al lado, y no me levanté, porque mi contabilidad la había enterrado años antes que el fuego.
Marina me encontró en la cocina. No me abrazó —ninguno de los dos sabe abrazar—, pero se quedó a mi lado, en silencio, mirando por la ventana el cruce de noche.
Y al cabo de un rato dijo, muy bajo, casi con la voz de la niña: «Yo sí me acuerdo de la canción entera.
Si quieres, algún día te la canto. Es lo único bueno que me llevé de aquella casa.
Lo demás lo quemé. Pero la canción de mamá no.
La canción me la guardé.» No le dije ni que sí ni que no.
Pero esa noche, por primera y única vez, dejé que mi hermana, la asesina de cinco ciudades, durmiera en mi cama mientras yo velaba en el sillón, custodiando su sueño sin culpa como quien, en una casa que se quema despacio, custodia lo único que aún no ha ardido.