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Una noche, Marina cumplió su promesa y me cantó la canción de nuestra madre.
No lo planeamos. Habíamos cenado, recogido, y estábamos los dos en el salón a oscuras, con la ciudad encendiéndose y apagándose al otro lado del cristal, cuando ella, sin venir a cuento, empezó a tararear muy bajo, igual que la tarareaba mamá secando los platos para que mi padre no la oyera.
Tres notas primero. Luego la melodía entera.
Y al final, en una voz casi inaudible, la letra: una canción tonta de cuando mi madre era joven, de verbena, de un amor que aún podía salir bien, con una rima fácil y un estribillo que hablaba de barcos y de volver a puerto.
Una canción de nada. La cosa más valiosa que sobrevivió de aquella casa.
La escuché sin respirar. Yo no la recordaba; el censor que vive en mí la había borrado junto con todo lo demás.
Pero mi cuerpo sí, y a media canción me descubrí moviendo los labios, siguiéndola, recordándola desde un lugar más antiguo que la memoria, desde los nueve años, desde el pasillo donde espiaba a mi madre robarle veinte minutos al mundo.
Cuando Marina terminó, nos quedamos callados un rato largo.
Y luego dijo, con la voz de la niña de la acequia: «Me la guardé entera, ¿sabes?
Todos estos años, en cada ciudad, con cada nombre nuevo, me la cantaba bajito antes de dormir.
Es lo único que no quemé. Lo único de mamá que me llevé limpio.
Pensé que, si algún día te encontraba, te la devolvería.
Es tu herencia también. No quería ser la única que se la quedara. »
Lloré, por segunda vez en diecisiete años, las dos por culpa de aquella canción.
Y entendí, esa noche, algo que no cabe en el relato del monstruo que el mundo prefirió: que mi hermana, la asesina de cinco ciudades, había cargado durante diecisiete años, de ciudad en ciudad, con la única melodía hermosa de nuestra infancia, cantándosela a sí misma para dormir, guardándola para devolvérmela.
Que, debajo del mecanismo que molía el aire, seguía existiendo la niña que le ponía a un pájaro un nombre grande, y que esa niña había salvado, de todo el naufragio, una canción de su madre, para no perderla, para no perdernos del todo.
No hay forma de meter eso en un pódcast. No engancha.
No vende. Pero es lo más verdadero que sé de mi hermana: que entre crimen y crimen, en hoteles de cinco ciudades, una mujer a la que el mundo llama monstruo se dormía cantando bajito la nana de una madre muerta, para una hermana que no tenía, para un hermano que aún no había encontrado.
Esa noche, en mi salón a oscuras, me la devolvió.
Y al devolvérmela, me devolvió a mamá entera, no la cuenta cerrada que yo había clasificado, sino a la chica que cantaba.
Es el regalo más grande que me han hecho.
Me lo hizo una asesina. Las dos cosas son verdad.
Ya he dejado de intentar que no lo sean.