Sin testigos 85
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Una tarde, antes de las regresiones, Marina sacó la caja de zapatos y volcamos juntos las fotografías sobre la mesa baja del estudio, entre los dos sillones desviados, como dos arqueólogos sobre los restos de una civilización que solo nosotros recordábamos.

Las fue nombrando con una memoria que a mí me faltaba.

«Mamá, en la cocina; mira las gafas, hasta para la foto.

» «Papá con Tomás a hombros; fíjate en la cara de Tomás, ya entonces quería bajarse.

» «La parra de la entrada, antes de que papá la cortara por gusto, solo por cortarla.

» Y yo escuchaba, reconociendo a medias, porque mi memoria de aquella casa estaba censurada hasta en lo bueno: el mismo censor que me había tachado la noche del fuego me había desvaído también las tardes amarillas, por miedo, supongo, a que un hilo bueno me llevara tirando hasta el malo.

Llegamos a una foto de los dos, de ella y de mí, sentados en el borde de la acequia seca, hombro con hombro, mirando al cielo. Alguien —Tomás, quizá— nos la había hecho sin que nos diéramos cuenta. Marina la sostuvo un rato largo en silencio.

—El juego de la acequia —dijo al fin—. ¿Te acuerdas de las preguntas que me hacías?

—Algunas.

—«Si tuvieras que esconder una cosa para que no la encontraran nunca, ¿dónde la esconderías?

» —Sonrió, sin mirarme—. Yo dije «donde ya hayan mirado».

Tenía ocho años. —Dejó la foto sobre la mesa, despacio—.

¿Sabes dónde me escondí yo, David, todos estos años?

Donde ya habías mirado. En tu propia consulta.

En el sillón de enfrente. En la lista de tus pacientes.

Te lo dije con ocho años cómo lo haría, y tú me aplaudiste, y diecisiete años después no me reconociste porque estaba exactamente donde tú ya habías mirado mil veces sin ver.

Cogí la foto. Dos niños mirando un cielo que ya no existe.

Y comprendí que aquel juego inocente de la acequia no había sido un juego: había sido un plano.

Le había enseñado a mi hermana, a los ocho años, dónde esconde una cosa quien no quiere que la encuentren.

Le había enseñado, sin saberlo, a esconderse de mí.

Cada lección que creí regalarle —los huesos de la mano, la paciencia de esperar a que el otro se duerma, el arte de esconder lo importante donde ya han mirado— había sido un ladrillo de la mujer que ahora tenía enfrente, ordenando fotografías de muertos con la serenidad de quien ordena su propia obra.

No la había criado un monstruo. La había criado yo, en el borde de una acequia seca, una tarde amarilla, con la mejor de las intenciones y la peor de las herencias.