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Marina y yo hicimos las paces como los animales heridos: sin tocarnos, midiendo la distancia, dispuestos a creernos solo porque la alternativa era seguir solos.
Fue ella quien lo propuso, tres días más tarde.
Subió a mi piso —ya sin abrigo gris, sin disfraz, con una sudadera y unas zapatillas que la rejuvenecían y la fatigaban a partes iguales— y se sentó en el sofá del salón blanco, no en la silla de la consulta, como si subrayara que aquello había dejado de ser una sesión para convertirse en otra cosa.
—Quiero recuperarlo —dijo—. La noche. Entera. Tú sabes cómo se hace; es tu oficio. Llevas años ayudando a otros a abrir esa habitación cerrada de la que te hablé. —Me miró—. Ábremela a mí. Y ábretela a ti. Hagámoslo juntos. Es la única forma de averiguar cuál de los dos miente sin saberlo.
Tenía razón, y eso me daba miedo. La memoria recuperada es el terreno más resbaladizo de mi profesión.
La gente imagina que el recuerdo aguarda intacto, listo para desenterrarse, y que basta con cavar.
No es así. La memoria no se desentierra: se reconstruye.
Y en cada reconstrucción caben el error, la sugestión, el deseo.
He visto a pacientes «recordar» abusos que nunca ocurrieron y olvidar otros que sí.
He visto a la mente fabricar pruebas contra sí misma con un entusiasmo que cualquier fiscal ya quisiera.
Por eso jamás había aplicado esas técnicas sobre mí: tenía demasiado que perder.
O demasiado que encontrar, que a veces viene a ser lo mismo.
—Si lo hacemos —dije— y resulta que el monstruo de la familia eras tú, ¿estás preparada?
No apartó la mirada .
—Llevo veintinueve años preparándome —respondió—.
La duda es si lo estás tú. Porque tú, David, has edificado una vida entera sobre la idea de ser culpable.
Has hecho de la culpa tu casa. ¿Qué harás si abrimos esa puerta y dentro no estás tú?
¿Sabrías vivir siendo inocente? —Ladeó la cabeza, con esa media sonrisa que ya reconocía como herencia—.
A veces pienso que te declaraste asesino no para protegerme a mí, sino para no enterarte de quién eras de verdad.
Es más cómodo ser un monstruo conocido que un hombre por descubrir.
La frase me dejó sin respuesta, lo que en mí equivale a un grito.
Empezamos esa misma noche. Bajé las persianas, apagué las luces salvo una lámpara en el suelo, y senté a Marina en el sillón reclinable.
Le pedí que cerrara los ojos. Le hablé con la voz que reservo para esto, la voz lenta y grave que no es mi voz cotidiana, la que mi madre habría llamado «de cura».
Le pedí que respirara. Que regresara, sin prisa ni miedo, a la casa del pueblo.
A su cuarto. A la jaula junto a la cama.
—¿Dónde está Capitán? —pregunté.
—Dormido —dijo Marina, y su voz mudó, se afinó, se hizo voz de niña—. Es de noche. No canta de noche.
—¿Y tú, estás en la cama?
Silencio. Un silencio largo, durante el cual oí, abajo, en el patio, el ruidito de la compuerta, ese que ella misma había colgado para mí y que ahora sonaba como si el pasado entero girara sobre un gozne oxidado.
—No —dijo al fin, con la voz de la niña—.
No estoy en la cama. —Frunció el ceño, los ojos cerrados, hurgando en la oscuridad interior—.
Estoy en el pasillo. Hay luz al fondo. La cocina.
Alguien ha encendido la cocina de madrugada.
—Su respiración se aceleró—. Y hay alguien más en el pasillo, David.
Detrás de mí. Muy cerca. Noto su mano en mi hombro.
Se me secó la boca .
—¿Quién es? Marina. ¿De quién es la mano?
Abrió los ojos de golpe, y por un instante no me reconoció: miró a través de mí, hacia algo situado diecisiete años por detrás de mi cara.
—Tuya —dijo—. La mano es tuya. Estabas detrás de mí en el pasillo. —Tragó saliva—. Los dos estábamos despiertos esa noche. Los dos. Y los dos sabíamos lo que iba a pasar antes de que pasara.