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Aquellos días, mientras decidía qué hacer con la mujer que se sentaba en mi sillón y dormía a quince metros de mi cama, hice lo que hace todo el que no sabe qué hacer: ordené papeles.
Saqué del cajón cerrado mi cuaderno negro, el de las listas, y releí diecisiete años de mí mismo a la luz nueva de lo que empezaba a sospechar.
Y descubrí algo que me heló: que mis listas, las que yo creía un registro fiel, estaban llenas de huecos exactamente en los mismos sitios.
Cada vez que, a lo largo de los años, me había acercado por escrito a la noche del fuego, la entrada se interrumpía, cambiaba de tema, se refugiaba en una nimiedad.
«Octubre. Aniversario. Hojicha. Hacer la cama.
» Diecisiete aniversarios anotados, y en ninguno una sola línea sobre lo que aquel día conmemoraba.
Yo, que copiaba dos veces cada sesión de mis pacientes para decidir qué merecía sobrevivir, había decidido, año tras año, que mi propia noche no merecía ni una sola frase.
No por olvido. Por censura. Un censor vivía dentro de mí, con mi misma letra, y llevaba diecisiete años tachándome la verdad antes de que llegara al papel.
¿Y si el censor no fuera yo? La idea me asaltó de madrugada, absurda y luminosa.
¿Y si la mano que me había tachado la memoria no era la mía, sino la de una niña de doce años que, en un jardín, me susurró al oído una versión soportable y me dejó repitiéndola durante el resto de mi vida?
Los recuerdos implantados, ya lo he dicho, tienen una textura limpia, barrida, sin bordes sucios.
Mi noche del fuego tenía esa textura. Y solo hay dos maneras de implantarle a alguien un recuerdo así: la sugestión paciente de un terapeuta a lo largo de años, o el trauma brutal de una sola frase dicha en el momento exacto en que la mente está abierta de par en par, como una herida, dispuesta a aceptar cualquier sutura que detenga el dolor.
Yo había estado abierto de par en par a los quince años, descalzo, en un jardín, mirando a mi familia arder.
Y alguien me había suturado con seis palabras.
Tú nos has salvado. Yo ya estaba muerta.
No recordaba haberlas oído. Pero el antebrazo se me erizaba al pensarlas, y el antebrazo, ya lo dije, no sabe mentir.
Solo sabe encogerse ante lo que de verdad ocurrió.