Sin testigos 77
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Hay una pregunta que Marina me hizo durante la tregua y que no he sabido contestar hasta ahora, en la celda, demasiado tarde para decírsela.

Estábamos en el salón, de noche, y de pronto dijo, sin preámbulo: «David, si pudieras volver a aquel pasillo, a los quince años, sabiendo todo lo que sabes ahora…

¿qué harías distinto? ¿Pararías a papá igual?

¿Me sacarías igual?» Le di una respuesta cobarde, evasiva, algo así como que no se puede cambiar el pasado y que no sirve de nada preguntárselo.

Ella insistió, con esa terquedad suya de niña: «No te pregunto si se puede cambiar.

Te pregunto qué harías. Es distinto.» Y yo, que tengo respuesta para todo, no se la di, porque la verdadera me asustaba.

Ahora sí la sé, y la escribo aquí, para ella, aunque no pueda leerla.

Lo que haría distinto no es parar a papá; eso lo haría igual, mil veces, sin dudar.

Lo que haría distinto es lo de después. No te sacaría de aquel pasillo en silencio, Marina, dándote por salvada.

Me sentaría contigo en el suelo, entre todo aquel horror, y te miraría.

De verdad. No para protegerte del peligro de fuera, que es lo que hice, sino para ver el que ya llevabas dentro y decirte, a los doce años, lo que nadie nos dijo: que lo que sentías no te hacía un monstruo, que se podía salir de aquel pasillo y no volver a él, que no estabas sola con lo que llevabas dentro.

Eso haría distinto. No te sacaría de la casa.

Te sacaría del pasillo de dentro, ese que te acompañó toda la vida, de ciudad en ciudad. No supe.

Tenía quince años y la cabeza llena de huesos y de cálculos, y me pareció que salvarte era ponerte a salvo del fuego.

No era eso. Salvarte era mirarte. Y no te miré hasta que volviste, diecisiete años después, haciéndote pasar por una desconocida, para obligarme por fin a hacerlo.

Llegué tarde, hermana. Como llegan todos a esta familia.

Pero llegué. Que conste que, al final, llegué.