Sin testigos 76
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Aquella noche, después de oír a mi hermana muerta pronunciar el nombre de un canario, no supe quién era yo, y descubrí que es la peor de las orfandades.

Uno cree que su identidad es un suelo: algo dado, firme, sobre el que se colocan las demás cosas.

De pronto averigua que el suelo era un relato, que el relato tenía un error de origen, y que al corregirlo se desploma entero por la grieta.

Yo había sido, durante diecisiete años, «el que mató a su familia».

Una identidad atroz, pero mía, y estable, y sobre ella había levantado cada manía, cada horario, cada té que aborrecía.

Si resultaba que no la había matado —o que solo había matado a una parte, o que la verdad era otra, peor o mejor—, entonces no sabía qué hacer con el hombre que se levantaba a las seis y catorce y tendía la cama en doce minutos.

¿A quién castigaban esas manías? ¿Qué condena era esa, dictada por quién?

Hice algo que no hacía jamás: deshice la cama.

Del todo, almohadas incluidas, y me quedé mirando el desorden como el señor Bru contemplaría sus armarios vacíos, buscando una carta que no me atrevía a leer.

No hallé nada, claro. Solo sábanas revueltas y a un hombre de treinta y dos años de pie en mitad de su cuarto a las cuatro de la madrugada, comprendiendo que el orden no sirve de nada cuando el desorden está dentro.

A la mañana siguiente bajé a por el pan cuatro minutos tarde. Cuatro. Don Emilio levantó la vista del periódico, algo que nunca hacía.

—¿Va todo bien, doctor?

—¿Por qué lo pregunta ?

—Por nada. —Volvió a su lectura—. Es que hoy baja usted distinto.

—Pasó una hoja—. Llevo veintidós años viendo bajar gente por esa escalera, y se aprende.

La gente baja igual cada día hasta que un día baja de forma distinta.

Y a partir de ese día ya baja distinta para siempre.

—Me miró por encima de las gafas—. Cuídese.

Que el barrio, sin usted, no sería el mismo.

No supe qué responder. Don Emilio, que se entera de los crímenes del país antes que la policía, acababa de diagnosticarme mejor que cualquier colega: había bajado distinto, y bajaría distinto en adelante. La única incógnita era hacia dónde.