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Una de aquellas noches de tregua, apagué las luces del estudio y nos sentamos los dos, Marina y yo, frente a la ventana del patio, a mirar su antigua ventana del otro lado.
Era una imagen extraña, casi tan cómica como triste: dos hermanos contemplando, desde mi sillón, el piso vacío donde ella había representado durante meses el papel de mi cazadora.
La jaula seguía colgada allá enfrente, oscilando con la corriente nocturna, y su ruidito de gozne nos llegaba a los dos, ahora, desde el mismo lado del pozo de aire.
—Pasé muchas noches ahí —dijo ella, señalando con la barbilla la ventana oscura—.
Mirándote. Tú abrías la persiana a las siete menos cuarto, tomabas el té de pie, te ibas a la consulta.
A veces te quedabas en el sillón con los ojos cerrados, y yo pensaba: está descansando.
Y me daba una rabia absurda, porque yo no descanso, David.
Nunca. Y tú, que habías hecho lo mismo que yo, descansabas.
—Hizo una pausa—. Tardé en entender que no descansabas.
Que cerrabas los ojos para no ver lo mismo que yo veo con ellos abiertos.
No le contesté enseguida. Miramos juntos la ventana vacía, el patio, las cuatro fachadas idénticas que de niños nos habrían parecido un mundo entero y que ahora eran solo geometría.
—¿Sabes lo más raro? —dije al fin—. Durante todos estos años creí que el peor castigo era estar solo.
Y resulta que el peor castigo es este: dejar de estarlo, y descubrir que la única persona que me entiende del todo es la que menos me conviene en el mundo.
—Me volví hacia ella en la penumbra—. Eres lo más parecido a un hogar que he tenido desde que ardió el nuestro, Marina.
Y eres, a la vez, la prueba viva de que aquel hogar engendró monstruos.
Las dos cosas, en la misma persona, en mi propia sangre. ¿Cómo se vive con eso?
Marina tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz no tenía nada de la frialdad de las cinco ciudades; tenía la de una niña en el borde de una acequia.
—No se vive con eso, hermano —dijo—. Se elige.
Tarde o temprano, alguien tiene que elegir.
Yo ya elegí hace mucho, cada vez que cerré una puerta.
Ahora te toca a ti elegir qué haces conmigo.
Y los dos sabemos que no vas a llamar a esa inspectora.
—Apoyó la cabeza en mi hombro, como cuando éramos pequeños y mirábamos el cielo desde la acequia—.
Así que solo quedan dos finales, David. O me dejas seguir, y me convierto en algo que ni tú podrás mirar.
O me paras tú. Tú, que me enseñaste a ponerme delante.
Tú, el único que tiene derecho. Piénsalo. Tenemos tiempo. Poco, pero tenemos.
Y nos quedamos así, hombro con hombro, mirando una jaula vacía oscilar al otro lado de un patio, dos huérfanos de la misma casa esperando a que uno de los dos tuviera el valor de cerrar la última puerta.