Sin testigos 74
39%

74

Una sola vez cenamos los tres juntos: Marina, Nora y yo. Fue idea de Nora, que aún no sabía lo que Marina era, y, visto desde aquí, fue la cena más peligrosa a la que he asistido en mi vida, aunque en la mesa solo hubo arroz al horno y una conversación cortés.

Nora había insistido en conocer «a tu hermana misteriosa», y yo, en un momento de debilidad o de soberbia —creí que podía controlarlo, siempre creo que puedo controlarlo—, accedí.

Marina se presentó impecable, encantadora, con esa capacidad camaleónica que le permitía ser quien hiciera falta: ante Nora fue una hermana tímida y dulce, recién reencontrada, agradecida.

Cocinó el arroz de nuestra madre. Preguntó a Nora por su trabajo con un interés que parecía genuino y que a mí me erizaba la nuca, porque yo sabía lo que significaba que Marina se interesara por alguien: lo estaba midiendo, calculando por dónde se abría, archivándola por si acaso.

La cena fue, en la superficie, agradable.

Por debajo, era un campo minado que solo yo veía.

Cada pregunta de Marina a Nora —«¿Y vives sola?

», «¿Y tu familia?», «¿Y nadie te echa de menos cuando trabajas de noche?

»— era, para mi oído entrenado, el inventario de una posible víctima: ¿quién notaría su ausencia?

, ¿qué cabos sueltos deja?, ¿cómo de fácil sería?

Nora, ajena, respondía con su simpatía de periodista, regalándole, sin saberlo, a una asesina el mapa exacto de su soledad.

Y yo, en mitad de la mesa, sostenía una sonrisa mientras por dentro hacía equilibrios imposibles: proteger a Nora sin alarmarla, contener a Marina sin enfrentarla, mantener las dos mentiras —la de Carla muerta para Nora, la de la tregua para Marina— en el aire a la vez, como un malabarista al que se le acaban las manos .

Cuando Nora se fue, ya tarde, Marina recogió los platos con su pulcritud de siempre y, sin mirarme, dijo: «Me cae bien tu periodista.

Es lista. Demasiado. ¿Sabe ya que estoy viva, o todavía cree que se lo cuenta a un hermano de duelo?

» Le dije que no sabía nada, que la creía mi hermana sin más.

Marina asintió, secando un vaso. «Mejor para ella —dijo—.

Porque el día que sepa demasiado, hermano, va a tener que elegir entre su título y su vida, y la gente, cuando elige, casi siempre elige mal.

Tú vigila que no sepa demasiado. Por su bien.

Y por el tuyo, que se te nota en la cara que esa mujer ya no es solo una fuente.

» Dejó el vaso en su sitio, exacto, y me miró con la media sonrisa de la familia.

«Cuídala, David. Sería una pena tener que cuidarla yo.

» No era una amenaza. Con Marina nunca era exactamente una amenaza.

Era algo peor: una oferta de ayuda. Y aquella noche, por primera vez, supe con certeza que la tregua tenía los días contados, y que el final, cuando llegara, pasaría por una mesa, un patio o un fuego, pero pasaría, irremediablemente, por elegir a quién proteger.