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(Nora)
Vi una vez, sin que ellos lo supieran, lo que de verdad había entre los dos hermanos, y desde entonces entendí que jamás podría escribir ese caso con honestidad, porque lo que vi no cabe en ningún género.
Subí al piso de David sin avisar, una tarde, a devolverle un libro.
La puerta estaba entornada y no llamé, no por fisgona —bueno, también—, sino porque oí algo que me detuvo: música.
Bajita. Una voz de mujer tarareando, y otra, la de David, siguiéndola muy de cerca.
Me asomé. Estaban los dos en el salón, a oscuras, sin verme, sentados hombro con hombro en el sofá, mirando la ventana, cantando juntos una canción que yo no conocía, una cancioncilla tonta de barcos y de volver a puerto.
No se tocaban. No se miraban. Pero había entre ellos una intimidad tan densa, tan antigua, tan exclusiva, que me sentí una intrusa absoluta, una desconocida espiando un país al que nunca tendría pasaporte.
Me fui sin que me vieran. Bajé las escaleras con el libro todavía en la mano y el corazón encogido, y entendí dos cosas a la vez, ambas incómodas.
La primera, profesional: que nunca tendría a David del todo; que, entre él y yo, siempre estaría ella, esa hermana con la que compartía una canción que yo no podía aprender.
La segunda, humana, peor: lo que unía a aquellos dos no era complicidad criminal, venganza ni nada de lo que yo necesitaba para mi relato.
Era amor. Un amor deformado por el horror, retorcido, imposible, pero amor al fin, de la clase más pura y más terrible: la de dos personas que son lo único que cada una reconoce en el mundo.
Y comprendí, en aquella escalera, que mi caso no tenía villano.
Tenía dos huérfanos cantando en la oscuridad la canción de su madre muerta.
Y que vender eso como un thriller de monstruos era una traición que me iba a perseguir toda la vida.
Aquella tarde estuve a punto de dejar el caso.
De hacer las maletas, devolver el adelanto, marcharme y dejar a aquellos dos con su canción y su patio y su tregua imposible.
No lo hice. Me quedé, por las razones de siempre, las que no me honran: porque estaba enganchada a él, al caso, al fuego.
Pero desde aquella tarde supe que, escribiera lo que escribiera, mentiría.
Porque la verdad de los Salinas no era criminal.
Era musical. Eran dos voces que se seguían en la oscuridad.
Y eso, en mi oficio, no tiene cabida. En mi oficio, dos asesinos cantando la nana de su madre solo pueden ser «escalofriantes», nunca lo que de verdad eran aquella tarde, sin testigos, en un salón a oscuras: dos niños que sobrevivieron a la misma casa y que, por una noche, volvían a ella por el único camino que no quemaba, el de una canción.