Sin testigos 72
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—No te maté —dije.

Fue lo único honesto que se me ocurrió y lo solté antes de pensarlo, lo cual, tratándose de mí, era casi una confesión en sí mismo.

Yo no hablo sin pensar; llevo diecisiete años midiendo cada palabra antes de soltarla.

Aquella se me escapó entera, sin permiso, porque era verdad, y la verdad, cuando lleva mucho tiempo encerrada, sale con malos modales.

Marina sonrió. No de alivio. De maestra.

—Cuéntamelo de todas formas —dijo—. Cuéntame cómo lo hiciste.

Llevo diecisiete años queriendo oírlo de tu boca.

Tómate tu tiempo. Empieza por el principio: la habitación iluminada, las distancias precisas.

—Me miraba sin pestañear—. Anda. Cuéntamelo como te lo cuentas a ti mismo cuando no puedes dormir.

Abrí la boca para contarlo.

Tenía el relato listo. Llevaba diecisiete años con él: pulido, ordenado, archivado en listas.

El pasillo. Las cuatro puertas. El destello plateado.

Las líneas de tensión. Las manos que se alzan primero.

Empecé por el principio, como me pidió, y las primeras frases salieron solas, con la fluidez de lo ya repetido.

Padre. Madre. Tomás. Iba en orden. Iba bien.

Hasta que llegué a su puerta. La cuarta.

Y no había nada.

Lo intenté. Te juro —¿a quién juro, a estas alturas?

— que lo intenté de veras, delante de ella, con su mirada clavada en mí.

Busqué en la niebla blanca el destello, el gesto, el peso de su cuerpo de doce años, el silencio del canario.

Rebusqué el recuerdo como se rebusca una llave en una habitación a oscuras, palpando paredes lisas.

No había puerta. No había llave. No había nada salvo esa niebla barrida, demasiado limpia, la firma del recuerdo que nunca existió.

Me callé en mitad de la frase. Marina lo vio. Claro que lo vio. Había venido exactamente a verlo.

—No puedes —dijo en voz baja—. No puedes contarlo porque no ocurrió.

—Se inclinó hacia adelante y, por un instante, dejó de ser la cazadora para volver a ser, debajo de todo, la niña de la foto que miraba hacia un lado—.

Llevas diecisiete años creyendo que mataste a cuatro personas.

Solo mataste a tres, David. A mí no. A mí no me tocaste.

—Tragó saliva—. La pregunta no es cómo me mataste.

La pregunta es por qué estás tan seguro de haberlo hecho.

¿Quién te metió ese cuarto cuerpo en la cabeza?

¿Y por qué necesitabas tanto creerte el monstruo de la familia que preferiste inventarte un asesinato antes que mirar lo que de verdad pasó esa noche?

Me levanté. Fui a la ventana. Abajo, en el patio, la jaula oscilaba.

Quince metros más allá quedaba su piso, su pared, su caso: diecisiete años de mi vida clavados con chinchetas por una mujer que había regresado de entre los muertos, no para vengarse de su asesino, sino para algo mucho peor: para preguntarle por qué se había declarado culpable de un crimen que tal vez no cometió.

—Si yo no te maté —dije, sin volverme—, y los otros tres están muertos de verdad… —Apoyé la frente en el cristal frío—. ¿Quién encendió el fuego, Marina?

A mi espalda, el silencio se estiró tanto que oí, abajo, lejísimos, el pequeño ruido de la puertecilla de la jaula.

—Esperaba que me lo dijeras tú —respondió ella—.

Pero acabo de entender, por tu cara, que tampoco lo sabes.

—Y, por primera vez desde que la conocía, en su voz tembló algo parecido al miedo—.

Eso lo cambia todo. Porque si no fuiste tú, y no fui yo…

entonces quien lo hizo sigue ahí fuera. Y nos ha encontrado a los dos.