Sin testigos 78
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El último día tranquilo, sin saber que era el último, Marina y yo dimos un paseo largo por la ciudad, sin rumbo, como no habíamos hecho desde niños.

Bajamos hasta el río seco convertido en jardín, ese cauce desviado donde la ciudad plantó árboles en el lecho donde antes corría el agua, y a mí no se me escapó la metáfora, aunque no la dije: una ciudad que había aprendido a vivir sobre el sitio por donde una vez pasó una riada, igual que nosotros vivíamos sobre el cauce seco de nuestra infancia.

Caminamos despacio, hablando poco. Marina iba mirándolo todo con una atención nueva, casi tierna, la de quien se despide sin anunciarlo.

Se paró ante un grupo de niños que jugaban, los miró un rato largo, y dijo: «¿Crees que alguno de esos lleva ya algo dentro, como nosotros, sin saberlo todavía?

¿O eso solo pasa en las casas que arden?

» No supe contestarle. Le dije que esperaba que no, que la mayoría de las casas no arden, que la mayoría de los niños solo son niños.

Ella asintió, sin convicción, y seguimos andando.

Comimos en un sitio cualquiera, al sol, y por una hora fuimos dos hermanos adultos comiendo al sol, sin pasado ni futuro, solo aquel mediodía.

Marina se rió dos veces, de verdad, con una risa que no le conocía, que debía de ser la que tenía antes de la acequia, antes del pasillo.

Y yo pensé, viéndola reír al sol, que ojalá pudiera congelar aquel instante, sacarlo de la historia, guardarlo donde no llegara nada de lo que sabía ni de lo que venía.

Pensé, con una claridad triste, que aquella era la vida que nos habían robado: no la grande, ni los sueños, sino esto, lo pequeño, un mediodía al sol con tu hermana riéndose.

Eso fue lo que ardió en aquella casa, más que las paredes: la posibilidad de los mediodías corrientes .

Al volver, ya de tarde, Marina se paró frente al portal de las dos torres, levantó la vista hacia el edificio imposible de no ver, y dijo una cosa que entonces no entendí y que después fue lo único que entendí: «Es bonito, ¿sabes?

, que eligieras vivir aquí. En el sitio más visible de la ciudad.

Yo me he pasado la vida escondiéndome, y tú te escondiste a la vista de todos.

Siempre fuiste más listo. O más valiente.

Esconderse a la vista es de valientes.» Le dije que no era valentía, que era un acuerdo con la ciudad: vivir en lo imposible de no ver y hacerme imposible de ver dentro.

Marina sonrió, con la media sonrisa de la familia, y dijo: «Pues a mí me has visto tú.

Al final. Eras el único que podía. Por eso vine.

» Entramos. Subimos. Fue el último día tranquilo.

Dos noches después, todo ardió. Pero aquel mediodía al sol, con mi hermana riéndose en un cauce seco, existió, y nadie podrá quitármelo, ni el fuego, ni el juicio, ni el pódcast, ni los treinta años.

Es mío. Es nuestro. Es lo único de toda esta historia que de verdad nos pertenece a los dos, sin testigos, al sol.