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A la sesión del jueves, Carla no acudió.
Por primera vez en tres meses, las diez en punto transcurrieron sin los dos golpes.
Esperé. A las diez y cinco —cinco minutos, una eternidad para dos personas tan exactas— comprendí que no vendría, y también que su ausencia era otro mensaje, tan deliberado como la jaula.
Sé que sabes. Te dejo a solas con ello. Carla manejaba los silencios igual que yo las velocidades: con un dominio que asustaba precisamente por su aire de descuido.
Así que hice lo que cualquier hombre razonable haría en mi situación; o, dicho de otro modo, lo único que no debería haber hecho.
Bajé al callejón, me colé en el portal desconchado detrás de un repartidor que salía, subí hasta la planta que mis cálculos señalaban y me planté frente a la puerta del piso que daba a mi patio.
No tuve que forzarla. Estaba abierta. No entornada: abierta de par en par, con esa franqueza que es la forma más educada de una trampa.
Carla me había dejado la puerta abierta del mismo modo que me había dejado la pared a la vista.
Todo en aquella mujer era una invitación a entrar en lugares de los que no se sale igual.
Entré.
El piso olía a papel y a polvo, ese olor que sí distingo, pariente del formol: el olor de lo que se conserva.
Estaba casi vacío. Un colchón en el suelo.
Una silla. Una mesa con un hervidor y una caja de hojicha —hojicha, sí; lo registré sin permitirme aún la conclusión— y, ocupando la pared del fondo, frente a mi ventana, el caso.
De cerca era peor. O mejor, según se mire; según lo impecable que a uno le parezca el trabajo de quien viene a destruirlo.
Diecisiete años de mi vida clavados con chinchetas.
Mi expediente académico. La portada de mi libro.
Una lista de mis pacientes —tenía los nombres, todos; ¿cómo los recordaba?
—. El plano de mi piso, dibujado a mano, acotado.
Mis horarios. La hora exacta del pan. Hasta el dato, anotado al margen con su letra inclinada, de que subía siempre por la escalera y jamás en ascensor.
Me conocía mejor de lo que yo me conozco. Y yo me conozco mucho.
Pero lo que me detuvo no fue la pared. Fue una caja de zapatos sobre el colchón, con la tapa puesta, colocada en el centro exacto de la cama deshecha igual que se coloca un regalo destinado a ser hallado. La cogí. Pesaba poco. La abrí.
Dentro había fotografías antiguas, de papel, con el borde blanco dentado de las de antes.
Las fui pasando. Mi madre de pie en la cocina, con la taza pequeña, frente al campo amarillo.
Mi padre con Tomás a hombros. La casa entera, antes del fuego, con la fachada encalada y la parra sobre la puerta.
Y, al fondo de la caja, una sola fotografía de una niña.
Una niña de unos doce años, flaca, con el pelo cortado a tijera por una mano impaciente, sentada en un escalón con una jaula en el regazo.
Dentro de la jaula, un canario. La niña no sonreía a la cámara: miraba ligeramente hacia un lado, hacia algo o alguien fuera del encuadre, con una expresión que conocía demasiado bien, porque era la mía: la del que mira para guardar, no para ver.
Le di la vuelta. En el dorso, a lápiz, una caligrafía infantil y aplicada había escrito una fecha, un nombre y, debajo, una frase.
El nombre era Marina.
La frase decía: «Para cuando vuelvas a buscarme».