Sin testigos 70
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Para cuando vuelvas a buscarme.

Salí del piso con la fotografía en el bolsillo.

No robé nada más. Una sola foto, la de la niña, porque entendí —tarde, siempre tarde con ella— que Carla la había dejado precisamente para que la cogiera.

Todo en aquel cuarto estaba dispuesto para mí.

Era un decorado. Y yo, el único espectador para quien se había montado, llevaba semanas creyéndome el director de la función.

Esa noche me senté en mi sillón, a oscuras, frente a la ventana de enfrente, y por primera vez la ventana me devolvió la mirada.

Carla estaba allí, en su silla, de cara al patio, de cara a mí, sin la lámpara encendida: una silueta más negra que la noche.

No se ocultaba. Quería que la viese verme.

Permanecimos así no sé cuánto, dos sombras a quince metros, separadas por un pozo de aire y por diecisiete años, mirándonos sin oírnos.

En algún momento levantó una mano. No fue un saludo.

Fue, lo comprendí, una despedida ensayada, la clase de gesto que se le dedica a alguien a quien ya se enterró una vez.

A la mañana siguiente, a las diez en punto, sonaron dos golpes en mi puerta.

Abrí. Carla aguardaba en el rellano con su abrigo gris, el pelo recogido, el inventario rápido de costumbre.

Como si nada. Como si yo no hubiera estado en su casa, como si ella no me hubiese saludado desde la oscuridad, como si siguiéramos siendo lo que habíamos fingido durante tres meses: una paciente y su doctor.

—Llego puntual —dijo, y entró .

Se sentó. Dobló el abrigo sobre el brazo del sillón. Y yo me acomodé enfrente, con la libreta en la rodilla y el bolígrafo en la mano, porque no se me ocurrió mejor manera de sostenerme que aferrarme al guion, al oficio, a la única coreografía que aún nos quedaba.

—¿Cómo se llamaba? —dije. No lo planeé. Brotó.

Ladeó la cabeza con su media sonrisa.

—¿Quién?

—El canario. El de su sueño. El del nombre demasiado grande. La última vez no se acordaba. Pruebe ahora. —Dejé el bolígrafo.

Me sostuvo la mirada durante un buen rato. Fuera, el cruce cambió de semáforo; el tranvía bajó por Colón con su quejido metálico. Dentro, el reloj mudo no marcaba nada. Y entonces Carla, muy despacio, como quien deposita por fin sobre la mesa la carta que llevaba toda la partida escondida, dijo:

—Capitán.

La habitación no se movió. Lo aclaro yo, porque durante un segundo me pareció que sí, que las paredes grises se inclinaban, que la luz cambiaba de sitio.

No. Las habitaciones no se mueven. Solo se mueve lo que llevamos dentro y proyectamos sobre ellas; lo había explicado mil veces a mis pacientes.

Ahora lo sentía, por fin, en el cuerpo: el suelo del mundo no se abre; somos nosotros quienes caemos hacia dentro.

—Se lo puse yo —prosiguió Carla, con una voz que ya no era la suya, o que era la suya al fin sin disfraz—.

Pensaba que un pájaro tan pequeño necesitaba un nombre enorme para no temerle al mundo.

Tú me ayudaste a elegirlo. Dijiste que Capitán era un buen nombre porque el capitán es el último en abandonar el barco.

—Una pausa—. Te equivocabas. El capitán es el primero en saber que el barco se hunde.

Por eso aguanta. No por valiente: por enterado.

Dejé la libreta en el suelo, despacio, como se deja un arma para demostrar que uno no piensa usarla .

—Marina —dije.

Y por primera vez en diecisiete años pronuncié el nombre de mi hermana, el que no nombro ni en el cuaderno, y al pronunciarlo sentí que se me caía de la boca un peso que llevaba toda la vida sosteniendo con la lengua.

—Hola, David —dijo ella—. Cuánto tiempo. He venido para que me cuentes cómo me mataste.