67
Vega regresó el viernes. Esta vez avisó. Quien ha decidido apretar, avisa, porque quiere encontrarte en casa, sentado, cociéndote en la espera.
Llegó con una carpeta más gruesa que la anterior y la dejó sobre la mesa con un golpe seco que era, en sí mismo, una frase.
—Voy a ahorrarnos el baile, señor Salinas —dijo—. He hecho los deberes. ¿Quiere que se los lea o prefiere contármelo usted y así nos evitamos los dos el mal rato?
—Léamelo —respondí—. Tengo curiosidad por saber qué creen ustedes que pasó.
Me miró con algo que no era simpatía, aunque se le asemejaba: el respeto del profesional por otro profesional, aun jugando en bandos opuestos.
—Los restos —empezó—. En su día se contabilizaron cuatro víctimas.
Con la tecnología de hace diecisiete años, parecía razonable: fuego intenso, restos muy degradados, una familia de cuatro más usted.
Cuadraba. —Pasó una hoja—. Pero los restos se conservaron, y hoy hacemos cosas que entonces eran ciencia ficción.
Se lo resumo. En aquella casa, aquella noche, ardieron tres personas.
Tres. Dos hombres adultos y una mujer adulta.
Su padre. Su hermano. Su madre. —Levantó la vista—.
De su hermana pequeña, de Marina, no hay un solo resto.
Ni un hueso. Ni un diente. Nada. Una niña de doce años no se evapora en un incendio doméstico, por intenso que sea.
Siempre queda algo. Aquí no quedó, porque no había nada que quedar.
—Cerró la carpeta—. Su hermana no murió en esa casa. Su hermana no estaba en esa casa .
Dejé correr el silencio. Era justo lo que ella esperaba que no hiciera; Vega quería que lo llenara, que me defendiera, que me explicase.
No lo hice. Aprendí muy joven a no arrebatarle a la gente las palabras con las que se siente segura, y aprendí, a la vez, a no regalarles las mías cuando vienen a quitármelas.
—Dos posibilidades —continuó, ya sin la carpeta, de tú a tú—.
Una: su hermana logró salir, como usted, y por algún motivo nadie lo supo nunca ni ella reapareció jamás.
Rarísimo, aunque posible. Dos: su hermana no salió de la casa porque nunca corrió peligro dentro de ella.
Porque alguien la sacó. Antes. Alguien que sabía lo que iba a ocurrir.
—Una pausa larga—. Usted salió por la ventana de abajo, descalzo, intacto, mientras su familia ardía arriba.
Y la única que tampoco apareció entre las cenizas fue su hermana pequeña.
—Se inclinó hacia mí—. A mí los números me cuentan historias, señor Salinas.
Y este me cuenta que aquella noche hubo dos supervivientes.
No uno. Dos. Y que uno se encargó de que el otro desapareciera.
—Me sostuvo la mirada—. ¿Dónde está su hermana, David?
Por una vez, una sola, le contesté con una verdad limpia, sin medirla, porque era la única que tenía:
—No lo sé —dije—. Pero está más cerca de lo que usted imagina. Y le aseguro, inspectora, que no es a mí a quien debería buscar.