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Hubo una sesión más con Carla antes de que todo se precipitara, y la recuerdo entera, palabra por palabra, porque fue la última en que jugamos a ser lo que ya no éramos.
Entró, dobló el abrigo, hizo su inventario. Pero esta vez, en lugar de sentarse enfrente, se acercó a la ventana del estudio y se quedó mirando el patio, su propia ventana al otro lado del pozo de aire, como quien contempla su casa desde fuera y mide la distancia que la separa de la ajena.
—¿Sabe lo que más me gusta de este patio?
—dijo, sin volverse—. Que las cuatro fachadas son iguales.
Cuatro paredes idénticas mirándose. Uno no sabe, desde dentro, en cuál de ellas vive, hasta que cuenta las ventanas.
—Se giró hacia mí—. Usted y yo vivimos en paredes enfrentadas, doctor. Lo sabía, ¿verdad?
No contesté. El silencio, con ella, era la única respuesta que no me comprometía.
—Lo sabe —concluyó, satisfecha, sentándose por fin—.
Bien. Entonces dejemos de fingir un poco.
Solo un poco. —Cruzó las manos sobre la rodilla—.
Le voy a hacer una pregunta de paciente, la última que le haré como paciente.
Cuando una persona descubre, ya de adulta, que el recuerdo más importante de su vida podría ser falso…
¿qué debe hacer? ¿Conservarlo, porque es el suelo sobre el que ha construido todo lo demás?
¿O arrancarlo, aun a riesgo de quedarse sin suelo?
Era mi propia pregunta, la que me hacía cada madrugada frente a la jaula, devuelta por su boca con una precisión quirúrgica. Comprendí que no me la hacía para que la respondiera: me la hacía para que supiera que ella conocía la herida, que sabía exactamente dónde apretar.
—Depende —dije, con la voz de cura— de si uno prefiere un suelo firme y falso o un abismo verdadero.
Carla sonrió y, por un instante, uno solo, la sonrisa no fue de cazadora ni de paciente, sino de algo más antiguo, casi fraternal.
—Esa —dijo en voz baja— es la respuesta más honesta que le he oído.
Y la más triste. —Se levantó antes de tiempo, a las cinco y cuarenta, recogió el abrigo—.
No hace falta que me acompañe. Conozco el camino mejor que usted.
Lo conozco desde dentro y desde fuera. —En la puerta se detuvo—.
Hasta pronto, doctor. Y gracias. Por escuchar.
Aunque fuera a una desconocida. Aunque fuera fingiendo.
Cerró sin esperar respuesta. No la volví a ver entrar por esa puerta como paciente. La próxima vez que cruzáramos miradas, ya no habría sillones de por medio, ni libreta ni nombre falso. Solo un pasillo, diecisiete años después, y la misma palabra, esperando a ser dicha por fin, a tiempo.