Sin testigos 65
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Hubo una sesión, hacia el segundo mes, en la que Carla me habló del fuego, y yo, ciego, creí que hablábamos de metáforas.

—Sueño mucho con fuego, doctor —dijo—. Pero no es un sueño de angustia.

Es casi agradable. En el sueño, una casa arde, y yo la miro desde fuera, tranquila, y siento…

—buscó la palabra, ladeando la cabeza— alivio.

Como si el fuego limpiara algo que llevaba mucho tiempo sucio.

¿Es muy raro soñar con incendios y sentir paz?

Lo anoté como un símbolo de transformación y renacimiento, según la interpretación del manual: el fuego que destruye para permitir lo nuevo.

Le ofrecí esa lectura: cómoda y profesional.

Carla la escuchó con educación y luego dijo, con su sonrisa minúscula: «Qué bonito, doctor.

Renacimiento. A mí me gusta más pensar que el fuego, simplemente, cierra.

Que hay cosas que solo se cierran ardiendo.

La gente le tiene miedo al fuego porque destruye, pero yo creo que el fuego es lo más honesto que existe: no esconde nada, no disimula, no deja que la cosa siga pudriéndose en un rincón.

Lo quema y se acabó. Limpio. ¿No le parece la cosa más limpia del mundo, un buen incendio? »

Debí oírlo. Debí oír, en aquella defensa apasionada del fuego, la voz de una niña de doce años que prendió fuego a una cocina y cruzó un campo sin mirar atrás.

Debí atar el alivio del sueño al del prólogo que yo creía mío.

Pero no lo até porque no quería atarlo, ya que mi propio censor me protegía de la conclusión.

Le dije que el fuego también mata, que no todo lo que cierra es bueno, que a veces lo que arde no es lo que sobra sino lo que más se quiere.

Carla me miró entonces con una intensidad que ahora recuerdo con un escalofrío y dijo: «Eso es verdad, doctor.

A veces arde lo que más se quiere. Pero a veces lo que más se quiere prefiere arder antes que seguir viviendo en una casa podrida.

¿Usted qué cree que elegiría, si pudiera elegir: vivir podrido o arder limpio?

» No le contesté. Llevo diecisiete años sin contestar esa pregunta.

La contesté, al fin, una noche, en un cuarto piso, alargando la mano hacia una ventana.

Y ella, mi hermana, ya la había contestado a los doce años y volvió a contestarla soltándome los dedos.

Las dos respuestas, la suya y la mía, fueron la misma: arder.

Solo que ella ardió, y a mí me dejó vivo para contar la historia o para guardarla en silencio.

En esta familia, ya se sabe que ambas cosas son iguales.