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(Nora)
El cuarto sobrellegó el día que decidí ir al norte.
Lo encontré en el buzón, sin sello, como los otros.
Dentro, una esquela vieja, recortada de un periódico de provincias, de hace ocho años: «María Asunción Vidal, viuda, fallecida en su domicilio a consecuencia de un incendio fortuito.
» Y, prendida con un clip, la consabida línea manuscrita, la letra inclinada de médico o de niña aplicada: «La que crió a la niña.
Otro fuego. Empieza a contar fuegos, periodista. »
Empieza a contar fuegos. Lo hice. Y por primera vez en todo el caso, contar me dio frío en vez de adrenalina.
Cogí el coche y subí a aquel pueblo del norte, a la casa de la tía que había criado a Marina Salinas después de la tragedia.
O a lo que quedaba de la casa, que era poco: un solar con los muros tiznados, igual que el de La Vega, como si la misma sombra hubiera pasado por ambos sitios con diecisiete años de diferencia.
Pregunté en el bar —siempre el bar, la verdad de un pueblo vive en su barra— y una mujer me contó que la viuda Vidal había muerto sola, de noche, por una estufa vieja.
«Como tantos», dijo, encogiéndose de hombros.
Le pregunté si la viuda vivía con alguien.
«Tuvo a una sobrina muchos años, una cría rara, callada.
Pero la chica se fue antes. Una pena de familia, esa. Parece que la persigue el fuego.»
Parece que la persigue el fuego. Lo apunté en la libreta —de las que apuntan— y me quedé mirando la frase un buen rato, sin atreverme aún a darle la vuelta.
Porque hay una diferencia entre que a alguien lo persiga el fuego y que alguien persiga con fuego, y esa diferencia, lo intuí en aquel solar tiznado del norte, era el corazón entero de mi historia.
Solo que todavía no sabía hacia qué lado se inclinaba.
Volví a Valencia de noche, con la esquela en el bolsillo y una idea incómoda instalándose en mí como la humedad en una pared.
Llevaba meses persiguiendo a un hombre, el superviviente, el invisible del sexto piso.
Y por primera vez me pregunté si no habría estado mirando, todo este tiempo, a la persona equivocada.
Si la historia que yo creía contar —un monstruo que sobrevive— no fuera, en realidad, otra distinta: la de un monstruo que regresa.
Esa noche, al aparcar frente a las dos torres, levanté la vista hacia el sexto.
La luz de David estaba encendida. Y, en el patio interior, a la altura de un cuarto piso que no era ni el suyo ni el mío, distinguí por primera vez una ventana con algo colgado.
Una jaula. Vacía. No le di importancia. Cometí, al no dársela, el error de mi vida; el mismo que él cometía arriba, mirando el mismo patio sin entenderlo.