63
Nora volvió a subir, esta vez sin cervezas ni excusas. Llamó a deshoras, pasadas las once, cuando la ciudad ya había bajado el volumen, y me la encontré en el rellano con el abrigo verde sobre el pijama y los ojos de quien tampoco consigue dormir.
—No puedo con esto sola —dijo—. ¿Me dejas pasar? Prometo no apuntar nada.
La dejé pasar. Llevaba semanas dejándola pasar contra todo criterio profesional, contra todo instinto de supervivencia, y empezaba a sospechar el motivo, aunque todavía no me atrevía a nombrarlo.
Acercamos dos sillas a la ventana del salón, la del cruce, y nos sentamos a contemplar la ciudad tal como la contemplo siempre: con atención y sin emoción, salvo que aquella noche había alguien al lado para corregirme la segunda parte.
Le confié pequeñeces. No las grandes —esas aún las ignoraba yo mismo—, sino las menudas, que a veces pesan más: el sabor del hojicha, las almohadas, los dos minutos de margen, la manía de pegar el oído a la puerta.
Nora escuchaba con esa atención suya que lo retiene todo, y en algún momento su atención dejó de pertenecer a la periodista y pasó a la persona, un cambio que se percibe aunque no se vea, como se percibe el viraje de la luz dentro de una habitación.
—Te tengo que pedir algo —dije, mirando el semáforo cambiar para nadie.
—No prometo nada a ciegas. Soy periodista.
—Si esto acaba mal —y va a acabar mal, lo sé—, cuenta la versión verdadera. Aunque sea más fea. Aunque te convenga otra. Tú cuentas la verdad, Nora .
Tardó en responder. Cuando lo hizo, no me miraba a mí, sino al cristal, a nuestros dos reflejos superpuestos en el cruce.
—Es lo único que sé hacer —dijo—. Y es lo más difícil de mi oficio, contar la verdad cuando todos prefieren otra. —Apoyó la mano en el brazo de mi silla, muy cerca de la mía—. Te lo prometo.
No le dije que las promesas en mi familia se parecían demasiado a las amenazas: ruido para tapar el silencio de abajo.
Tampoco le dije que aquella, la suya, la rompería ella; ni que la mía, la de pedírsela, la rompería yo.
Aquella noche no lo sabíamos. Fuimos, durante unas horas, dos personas que se habían quedado sin miedo demasiado pronto y que, sentadas frente a una ventana, lo recuperaban un poco juntas, lo cual es la única forma soportable de tenerlo.