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«Hay una fotografía que no puedo quitarme de la cabeza.
La sacó un fotógrafo de provincias hace diecisiete años, de madrugada, mientras ardía una casa en un pueblo del interior.
En primer plano, el fuego. Los bomberos.
El humo subiendo recto contra un cielo sin viento.
Y, en una esquina, casi fuera de cuadro, una figura pequeña: un niño descalzo, de espaldas, mirando arder su casa.
»Todos los que han visto esa foto reparan en el fuego.
Yo solo veo al niño. Porque el niño no hace lo que haría usted, lo que haría yo, lo que haría cualquiera cuyo mundo se incendia delante de él.
No corre. No grita. No cae de rodillas. Está quieto.
De pie. Mirando. Con la espalda recta de quien comprueba que algo ha quedado bien hecho.
»Ese niño tiene hoy treinta y dos años, vive en la ciudad imposible de no ver, en el edificio imposible de no ver, y se ha pasado diecisiete años siendo imposible de ver.
Esta temporada vamos a preguntarnos una sola cosa, oyentes, y les advierto que la respuesta puede no gustarnos a ninguno: ¿cuántas personas salieron, de verdad, de aquella casa?
Porque los papeles dicen una. La ceniza, cuando por fin alguien la ha mirado con los ojos de hoy, dice otra cosa.
»Soy Nora Vidal. Esto es sin testigos. Y, como en todas mis historias, les pido lo de siempre: no se enamoren de la primera teoría. Ni de la segunda. En estos casos, la verdad es la tercera, y suele llegar tarde, y suele doler.»
(Fin del montaje. Nota manuscrita de la autora en el margen, sin fechar: «No emitir hasta confirmar quién es el segundo. Cada día estoy más segura de que el segundo es ella. Y de que él lo sabe. Y de que va a dejar que lo paguemos los demás.»)