Sin testigos 61
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La duda sobre el cuarto cuerpo me devolvió, esa madrugada, a una escena que llevaba diecisiete años sin visitar de frente: la mañana siguiente al fuego.

Recuerdo el frío del jardín en los pies descalzos.

Recuerdo la manta áspera que un bombero me echó por los hombros y que olía a humo y a sudor ajeno.

Recuerdo, sobre todo, las preguntas, porque eran terreno conocido: yo llevaba toda la vida adelantándome a las de mi padre, y las de un guardia civil agotado a las seis de la mañana eran, en comparación, sencillas.

¿Dónde dormías? Abajo, en el cuarto del lavadero.

¿Por qué abajo? Porque hacía menos frío junto a la caldera.

¿Cómo saliste? Por la ventana, cuando olí el humo.

¿Y tus padres, tus hermanos? Grité, llamé, no contestaban, el humo no me dejaba subir.

Lloré en ese punto. No fue difícil llorar; bastó con pensar en la pequeña, y las lágrimas vinieron solas, auténticas, las únicas auténticas de toda la mañana.

El guardia me dio una palmada torpe en la manta.

Nadie sospechó de un crío de quince años que lloraba por su hermana muerta.

Lo que nadie supo —lo que entendí solo diecisiete años después, en un sillón gris, oyendo a una paciente pronunciar un nombre de pájaro— es que cada respuesta que di aquella mañana era cierta en la forma y falsa en el fondo, que es la clase de mentira que jamás se descubre.

Dormía abajo, sí, pero no por la caldera: desde abajo se oía cuando mi padre subía.

Salí por la ventana, sí, pero no huyendo del humo: el humo lo había provocado otra mano, y yo salí después, cuando ya no quedaba nada que hacer dentro salvo arder.

Y lloré por la pequeña, sí, con lágrimas verdaderas, sin saber —esto es lo monstruoso, lo que todavía me cuesta escribir— que la pequeña no estaba dentro de la casa por la que yo la lloraba.

Que cruzaba en ese momento un campo helado hacia una acequia, viva, con un canario suelto volando vaya usted a saber dónde, mientras su hermano del medio se ganaba, a fuerza de lágrimas sinceras por una muerte que no existía, la coartada más perfecta que un asesino podría desear.

Diecisiete años creí que aquella coartada la había construido yo, fríamente, para protegerme.

Aquella madrugada, por primera vez, se me ocurrió la pregunta que lo cambiaba todo: ¿y si la coartada no la construí yo?

¿Y si me la construyeron? ¿Y si alguien, esa noche, colocó a un niño de quince años en un jardín, descalzo y llorando, como se coloca una pieza en un tablero, para que cargara durante diecisiete años con una cuenta que no le correspondía entera?

No pude seguir tirando del hilo. La mente, ya lo dije, construye desvíos cuando teme la conclusión. Pero el hilo quedó tirante. Y los hilos tirantes, tarde o temprano, alguien los corta o tiran de ellos hasta el final.