Sin testigos 60
31%

60

Carla trajo el periódico a la sesión siguiente.

No lo anunció. Entró, dobló el abrigo sobre el brazo del sillón con su pulcritud de costumbre y, antes de sentarse, sacó del bolso una hoja amarillenta, frágil, recortada con tijera por una mano cuidadosa, y la depositó sobre la mesa baja, entre los dos, encima de la caja de pañuelos.

La alisó con la palma, despacio, como se alisa una sábana.

Después se sentó y esperó, con las manos cruzadas, a que yo la mirara.

La miré. No me hizo falta acercarme para reconocerla: TRAGEDIA EN LA VEGA, el titular que me sabía de memoria, la fotografía granulada de la casa en llamas, las siluetas de los bomberos contra el fuego. Diecisiete años. El papel había envejecido hasta adquirir el color del té que aborrezco.

—La encontré en la hemeroteca —dijo Carla, con la voz neutra de quien comenta una receta—.

¿Sabe lo que más me impresiona de esta foto, doctor?

No el fuego. El fuego es lo que todos miran.

A mí me impresiona el jardín. —Señaló, sin tocar el papel, una esquina inferior de la imagen—.

Aquí. ¿Lo ve? Es difícil distinguir con el grano, pero hay una figura.

Un chico, descalzo, de espaldas a la cámara, mirando arder la casa.

No huye. No grita. No se tapa la cara. Está quieto, mirando, como quien comprueba que un trabajo ha quedado bien.

Mantuve el rostro inmóvil. Era, palabra por palabra, lo que Vega me diría días después; era, supe luego, lo que la propia Vega había pensado al ver esa misma fotografía.

Dos mujeres distintas, mirando la misma imagen, llegan a la misma conclusión sobre un niño de quince años.

Y yo, sentado entre ambas miradas, era ese niño .

—¿Por qué me enseña esto, Carla? —pregunté.

—Porque usted trabaja con recuerdos —dijo—, y quería traerle uno que no fuera suyo, para variar.

—Se inclinó, recogió el recorte, lo guardó con el mismo cuidado con que lo había sacado—.

O para comprobar si lo es. —Volvió a cruzar las manos—.

¿Sabe qué pienso a veces? Que ese chico del jardín no recuerda bien aquella noche.

Se ha contado una versión durante tanto tiempo que ya no se distingue lo que pasó de lo que se contó.

Y que, en el fondo, daría cualquier cosa por que alguien que estuvo allí se sentara enfrente de él y le dijera, por fin, lo que de verdad ocurrió.

Tragué saliva. El reloj mudo no marcaba nada.

—¿Y usted estuvo allí, Carla? —Pregunté, y fue lo más cerca que estuve, en tres meses, de romper la coreografía.

Sonrió, la sonrisa minúscula. Recogió el bolso. Se levantó.

—Pregúntemelo otro día, doctor —dijo en la puerta—. Cuando esté preparado para no volver a dormir bien. Por ahora, siga durmiendo. Se le da tan bien… Siempre se le dio. Hasta de niño.

Y se fue, dejándome con la última frase clavada como una astilla, porque solo una persona en el mundo podía saber que el niño del jardín, aquella noche y todas las siguientes, había dormido sin un solo sueño.