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Aquella noche no dormí, y para mí no dormir era un acontecimiento tan insólito como para otros no despertar.
Yo dormía bien. Siempre. Escandalizaba a la gente cuando les contaba mi historia, porque creían que la culpa se cobra en forma de insomnio, como si el cuerpo llevara una contabilidad moral.
No la lleva. Lo sé porque he revisado esa contabilidad, metafóricamente y, alguna vez, no tan metafóricamente, y dentro no hay nada: hay órganos, hay líneas de Langer, hay un mecanismo que se detiene.
La culpa es un concepto que algunas personas inventan para creer que el universo les cobra por sus acciones.
Pero yo nunca he creído que eso me afectara, y por eso podía dormir con tranquilidad.
Aquella noche, no.
Me senté en el sillón del estudio, a oscuras, frente a la jaula del patio, y repasé el recuerdo. El mío. El que había sostenido durante diecisiete años. Lo recorrí igual que recorro la cama al amanecer: en busca del pliegue que no encaja.
Recordaba el pasillo. Recordaba las cuatro puertas —sí, las cuatro, las mismas con las que Carla soñaba, coincidencia que aparté porque no era capaz de cargar con ella—.
Recordaba haber entrado en cada habitación.
Recordaba el destello plateado, las líneas de tensión, las manos que se alzan primero, los antebrazos, los dedos.
Recordaba a mi padre. A mi madre. A Tomás.
Y aquí asomaba el pliegue.
A la pequeña no la recordaba.
Recordaba haber entrado en su cuarto. Recordaba la jaula junto a la cama, el bulto bajo las mantas, el canario callado por ser de noche.
Recordaba haber pensado, con esa frialdad administrativa que ya entonces me habitaba, que faltaba una.
Pero el instante exacto, el gesto, el destello sobre ella: eso no lo recordaba.
Donde debería haber un recuerdo, se extendía una niebla blanca, lisa, sin textura, idéntica a la que cubre los recuerdos inventados.
Conocía esa niebla. Se la había visto a centenares de pacientes.
Es la marca de agua del recuerdo falso: demasiado limpia, demasiado quieta.
Los recuerdos verdaderos tienen bordes sucios, detalles inútiles —un calcetín fuera de sitio, un ruido que no viene a cuento—.
Los falsos están barridos. Y el de la muerte de mi hermana estaba barrido.
Durante diecisiete años había dado por hecho que la había matado, porque había matado a los otros tres y porque al final habían sido cuatro.
Cuatro era la cifra. Cuatro, decían los periódicos, el informe, la versión amable.
Había rellenado el hueco de mi memoria con el número que me ofrecían, como se completa un crucigrama con la única palabra que cabe.
Nunca se me ocurrió que el número pudiera fallar.
Que el cuarto cuerpo, el de la pequeña, no hubiera existido jamás.
Que yo hubiera matado a tres.
Y que alguien —yo mismo, quizá, o el incendio, o el tiempo— hubiera convertido el tres en cuatro para cuadrar la cuenta.
Me levanté. Fui a la cocina. Puse agua a hervir, pese a que eran las cuatro de la madrugada, y preparé un hojicha que no pensaba beber, solo para ocupar las manos en algo que mi madre había repetido mil veces.
Mientras el agua subía de temperatura, contemplé mi reflejo en el cristal negro de la ventana, sobre el cruce dormido, y le hice a aquel hombre la pregunta que llevaba toda la vida sin atreverme a plantearle.
—¿La mataste? —dije en voz alta. La casa estaba tan callada que la pregunta sonó indecente .
El hombre del cristal no contestó. Tenía mi cara, mi quietud, mi falta de miedo. Pero, por primera vez en diecisiete años, no parecía un asesino seguro de su obra.
Parecía un hombre al que le habían robado un cadáver.