Sin testigos 58
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Aquellos días bajé a la hemeroteca municipal.

Nunca lo hacía; llevaba diecisiete años evitando, con la misma disciplina con que esquivo el callejón estrecho, cualquier papel que aludiera a aquella noche.

Vega, no obstante, había sembrado en mí una incomodidad que no me concedía tregua, y la incomodidad, en un hombre ordenado, solo se cura ordenándola.

Pedí la prensa de aquel octubre. Me la trajeron en un carrito, encuadernada en tomos pesados que olían —esto sí lo olía— a sótano y a tiempo.

Pasé las páginas hasta el día. Ahí seguía el titular que me sabía de memoria: TRAGEDIA EN LA VEGA.

Debajo, la fotografía de la casa ardiendo, las siluetas de los bomberos, el texto sobrio de los diarios de provincia, que relatan las catástrofes con el mismo tono con que anuncian las fiestas patronales, porque en los pueblos pequeños todo termina siendo, al cabo, vecinal.

Lo leí entero. Y al pie, en un recuadro minúsculo que diecisiete años atrás, con quince años y roto por dentro, no había llegado a leer, encontré una declaración que me dejó la sangre quieta.

Un vecino, un tal Casimiro Pons, pastor, que aquella noche conducía el ganado por el camino de las afueras, declaraba a la Guardia Civil haber visto «salir de la casa, antes de que el fuego cobrara fuerza, dos figuras pequeñas, dos niños, que cruzaron el campo hacia la acequia y se perdieron en lo oscuro».

La declaración aparecía citada una sola vez y nunca más.

En las crónicas posteriores, el número de supervivientes era, invariablemente, uno: el chico de quince años.

Las dos figuras del pastor se habían evaporado del relato con la discreción con que se evapora cualquier dato que contradiga la versión que todos prefieren conservar .

Dos figuras. Dos niños. Rumbo a la acequia.

Permanecí largo rato ante el recuadro, en aquel sótano que olía a tiempo, intentando recordar si yo había cruzado un campo esa noche.

No recordaba haber cruzado ningún campo.

Me recordaba en el jardín, descalzo, aguardando a los bomberos: lo que dice el informe, lo que dije yo.

El pastor, en cambio, hablaba de dos niños y de una acequia, y mi cuerpo —ese cuerpo mío que retiene los baches de un camino que no piso desde hace diecisiete años— hizo, al leer la palabra «acequia», algo que no le había ordenado: se me erizó la piel del antebrazo, como si recordara el frío del agua.

Hay recuerdos que no anidan en la cabeza. Anidan en la piel. Y la piel, a diferencia de la cabeza, no sabe mentir; solo sabe encogerse.

Fotocopié la página. La doblé en cuatro. La guardé en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al pecho, y subí a la calle, a la luz, al ruido honrado del tráfico, con la sensación precisa de quien acaba de sustraer una prueba contra sí mismo sin saber aún de qué lo acusa.