Sin testigos 57
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«En el episodio anterior os dejé una foto y una pregunta: ¿cuántas personas salieron de aquella casa? Hoy os voy a hablar de aritmética, porque en este caso, en el fondo, es un problema de aritmética que nadie quiso resolver durante diecisiete años.

»Cuatro muertos. Un superviviente. Cinco personas en la casa, menos una que sale, igual a cuatro que mueren.

Cuadra. Es una cuenta tan limpia que da gusto y, por eso, nadie la revisó: las cuentas que cuadran no se revisan.

Pero la ciencia forense de hoy ha hecho algo muy simple y muy demoledor: ha contado los cuerpos de verdad, uno por uno, hueso por hueso.

Y han salido tres. Tres, oyentes. No cuatro.

Falta uno. Falta, concretamente, el más pequeño: una niña de doce años de la que no queda ni un diente de leche, y os aseguro, porque me lo explicó una forense con mucha paciencia, que los dientes de leche son lo último que el fuego se lleva.

»¿Qué significa esto? Significa que la aritmética nunca cuadró.

Que no fueron cuatro y uno. Fueron tres muertos…

y dos supervivientes. Dos. Un chico de quince años que apareció en el jardín.

Y una niña de doce que, según un pastor del que todos se rieron, cruzó aquella noche un campo hacia una acequia y no volvió a aparecer jamás.

Oficialmente, murió. Forensemente, no estaba.

Esa niña, oyentes, lleva diecisiete años en una casilla equivocada: la de las víctimas.

Y yo me he pasado meses preguntándome qué pasaría si la moviéramos de casilla.

Si en lugar de buscarla entre los muertos, la buscáramos entre los vivos.

Entre los que cambiaron de nombre. Entre los que ap rendieron, muy pronto, demasiado pronto, que a veces la única forma de no volver a tener miedo es ser tú quien lo reparte.

»No os adelanto más. Solo os pido que esta semana hagáis una cosa: cuando una cuenta os cuadre demasiado bien, contadla otra vez. Soy Nora Vidal. Esto es sin testigos.»