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(Nora)
No fui la única que olió la historia. Eso conviene contarlo, porque el true crime es una carrera de buitres, y yo, por mucho que me indigne, soy uno de ellos.
Se llamaba Bruno Sales, llevaba un pódcast rival con el triple de oyentes que el mío y, sin ninguno de mis escrúpulos, se enteró de que yo andaba tras el caso del incendio de La Vega más o menos cuando me mudé al edificio de las dos torres.
A partir de ahí, fue una carrera sucia por su parte y defensiva por la mía.
Bruno tenía recursos que yo no: un equipo, dinero, contactos en redacciones que le filtraban lo que a mí me negaban.
Yo tenía algo que él no: la fuente anónima, los sobres, y una proximidad al protagonista que él habría matado por conseguir.
Durante semanas nos espiamos como dos depredadores rondando la misma presa, publicando avances calculados para marcar territorio, soltando migajas para que el otro supiera que íbamos por delante.
Lo que me repugnó de Bruno —y lo que más miedo me dio, porque era un espejo— fue su absoluta falta de duda.
Para él, la familia Salinas no era simplemente personas: era contenido.
Las cinco ciudades eran «temporada dos asegurada».
El dolor de cinco familias era «material que engancha».
Una tarde coincidimos en un café, los dos fingiendo que no nos seguíamos, y me soltó, con una sonrisa de tiburón joven: «Reconócelo, Vidal, esto es oro.
El superviviente guapo y misterioso, la hermana muerta que igual no lo está, el fuego.
Si lo bordamos, esto es Netflix. ¿Te imaginas?
Solo tenemos que decidir quién lo cuenta primero y mejor», le contesté que detrás de cada uno de esos ganchos había un cadáver real y una familia real, y él se rió y dijo: «Ya, claro, por eso vende».
El dolor de verdad se nota. Es nuestro mejor ingrediente.
No te pongas digna ahora, que vives de lo mismo que yo. »
Tenía razón, el muy canalla, y por eso lo odié.
Yo vivía de lo mismo que él. La única diferencia, me dije entonces para poder dormir, era que yo dudaba y él no.
Pero dudar y hacerlo igual no es mucho mejor que no dudar; quizá es peor, porque añade hipocresía.
Bruno me ganó en oyentes hasta el final.
Lo que no consiguió, lo que me dio la única victoria sucia de aquella competición, fue la cercanía: David hablaba conmigo, me dejaba subir, me tomaba el té que los dos odiábamos.
A Bruno jamás le habría abierto la puerta.
Gané la carrera no por ser el mejor periodista, sino por estar más cerca del dolor ajeno, por haberme mudado a su mismo edificio, por haberme dejado, yo también, contaminar de aquella familia.
La victoria en el true crime, descubrí, no es de quien cuenta mejor la historia.
Es de quien se acerca más al fuego. Y acercarse al fuego, ya lo aprendieron los Salinas, siempre deja quemaduras.