Sin testigos 53
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Con Nora ocurrió algo que no estaba en mis cálculos, y lo que no está en mis cálculos me desarma más que cualquier amenaza, porque llevo toda la vida calculando.

Subió una noche, ya tarde, sin motivo, o con el motivo que la gente disfraza de «pasaba por aquí», aunque viva dos pisos más abajo y nadie «pase» por un sexto. Traía dos infusiones en vasos de cartón. Una era hojicha.

—Sé que lo odias —dijo, tendiéndomelo—. Me lo contaste. Por eso te lo traigo. He pensado que un hombre que bebe cada día algo que odia necesita que, de vez en cuando, alguien le obligue a odiarlo en compañía. Es menos triste.

Cogí el vaso. No supe qué decir, que en mí es un acontecimiento.

Nos sentamos frente a la ventana del cruce, como ya era costumbre, y bebimos en silencio aquel té que los dos fingíamos tolerar, y por un rato no hubo caso, ni pódcast, ni incendio, ni hermana muerta que no estuviera muerta.

Hubo dos personas que se habían quedado sin miedo demasiado pronto, mirando una ciudad encenderse y apagarse al otro lado de un cristal.

—¿Puedo preguntarte una cosa que no es para el pódcast? —dijo ella al cabo.

—No prometo contestar. Aprendí de ti.

Sonrió.

—¿Por qué dejas que me acerque? —Giró el vaso entre las manos—.

Eres el hombre más cerrado que he conocido.

No tienes cuadros, ni plantas de verdad, ni una sola foto en casa.

Vives para que nadie pueda leerte. Y, sin embargo, me dejas subir.

Me cuentas lo del té, lo de las almohadas, lo de pegar el oído a la puerta. ¿Por qué a mí?

Podría haberle mentido. Era mi reflejo, la mentira pequeña y bien medida. Pero estaba cansado, diecisiete años cansado, y aquella noche le dije una verdad, una entera, quizá la única que le dije sin medir:

—Porque llevas un cuaderno —respondí—. Porque lo apuntas todo, igual que yo, igual que…

—me detuve a tiempo— igual que la gente que tiene miedo de que la verdad se le escape entre los dedos.

Reconozco a los de mi especie, Nora. Y los de mi especie estamos tan solos que, cuando encontramos a otro, preferimos el riesgo de que nos lea al castigo de seguir siendo ilegibles.

—Bebí un sorbo del té que odiaba—. Tú me lees.

Es peligrosísimo. Y es lo más parecido a la compañía que he tenido en los diecisiete años.

Nora no apuntó nada. Dejó el vaso en el suelo, y en algún momento de aquella noche su mano terminó sobre la mía, en el brazo de la silla, y la dejé ahí, y ninguno de los dos lo nombró.

No fue un gesto de amor, o al menos no solo.

Fue un gesto de inventario: dos tasadores que, tras una vida tasando a los demás, se tasan por fin el uno al otro y deciden, contra todo criterio profesional, que el otro vale el riesgo.

Lo que nadie dijo, porque aún no lo sabía nadie, fue cuánto íbamos a pagar los dos por aquel inventario.

Ella, su norma. Yo, lo poco que me quedaba por perder.