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Antes de Nora, hubo en mi vida una ausencia deliberada de mujeres, y de hombres, y de cualquier vínculo que pudiera obligarme a ser visto. No fue castidad ni desinterés. Fue arquitectura.
Tuve ofertas, a lo largo de los años; no por encanto, sino por esa atracción que ejerce sobre cierta gente el hombre cerrado, el que parece esconder un tesoro cuando en realidad esconde un sótano.
Una colega de la facultad a distancia, en los encuentros presenciales, me buscó durante todo un curso con una paciencia que merecía un mejor objeto.
Una paciente —ocurre más de lo que la profesión admite— confundió el alivio de ser escuchada con otra cosa y me lo hizo saber; la derivé a un compañero esa misma semana, con la corrección de quien cierra una puerta sin dar un portazo.
No me permití ninguna de aquellas puertas.
No por ética, aunque la había; por supervivencia.
Un hombre que guarda lo que yo creía guardar no puede dejar que nadie se quede a dormir, porque la gente que se queda a dormir, tarde o temprano, te oye hablar en sueños, y yo no podía arriesgarme a lo que pudiera decir un hombre que se acusaba cada noche de cuatro muertes.
Construí, pues, una soledad perfecta, y la llamé paz, como llamamos paz a tantas cárceles voluntarias.
Tenía mi piso sin huellas, mis horarios exactos, mi té que odiaba, mi cruce al que mirar.
Me decía que no necesitaba a nadie, y casi me lo creía, hasta que una mujer de abrigo verde subió unas escaleras cargando una caja sin etiquetar y me caló el primer día.
Lo peligroso de Nora no fue que me investigara.
Fue que me leyera y, habiéndome leído, no apartara la vista.
Llevaba toda la vida organizándolo todo para que nadie me leyera, y de pronto deseaba, con un hambre que me asustó, exactamente lo que más temía: ser legible para alguien y sobrevivir a ello.
No llegué a saber qué habría sido aquello en otra vida, una sin pasillos ni jaulas ni hermanas que vuelven de entre los muertos.
Lo pienso a veces, en la celda, con la disciplina con la que uno se permite o se prohíbe ciertos pensamientos.
Una vida en la que Nora subiera con dos infusiones y no hubiera nada que esconder; en la que pegar el oído a la puerta antes de entrar fuera solo una manía graciosa que ella me reprocharía con cariño; en la que la jaula del patio fuera la de un vecino cualquiera y no un mensaje cifrado de mi propia sangre.
No tuve esa vida. Tuve la otra. Pero durante unas semanas, frente a una ventana, con la mano de Nora sobre la mía y un té que los dos fingíamos tolerar, la rocé.
Y rozarla, sabiendo que no era para mí, fue a la vez el mejor regalo y el castigo más fino que me ha dado este mundo de mal gusto.