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(Vega)
La científica que reanalizó los restos se llamaba Paula, trabajaba en el laboratorio nuevo y tenía la costumbre, que agradecí, de explicar las cosas como si una fuera tonta, lo cual, en ciencia forense, es la única manera de que una entienda algo.
Le pregunté si era concluyente, si lo firmaría ante un tribunal.
Me miró por encima de las gafas con la paciencia de quien lleva toda la vida lidiando con policías que quieren certezas donde solo hay probabilidades.
«Firmo que no hay restos compatibles con una menor de doce años.
Lo que usted deduzca de esa ausencia es cosa suya, no de la ciencia.
La ciencia solo le dice dónde no está el cuerpo.
Encontrar dónde sí está la persona, eso es su oficio, no el mío. »
Salí del laboratorio con la frase de Paula clavada: la ciencia dice dónde no está el cuerpo; encontrar a la persona es tu oficio.
Diecisiete años nadie había hecho ese oficio, porque nadie había tenido motivos para dudar de una cuenta que cuadraba sola: cuatro muertos, un huérfano, qué pena, a otra cosa.
Hizo falta una tecnología nueva y una inspectora con pocas ganas de jubilarse en paz para preguntar lo que el pueblo, la Guardia Civil y diecisiete años habían preferido no preguntar: ¿y si la niña no murió?
La respuesta de Paula no acusaba a nadie.
Solo abría un hueco con forma de niña en medio de un expediente cerrado.
Pero los huecos, en mi oficio, no se quedan vacíos mucho tiempo.
Tarde o temprano, alguien vuelve a ocuparlos.
Y aquella niña sin dientes de leche ya había vuelto, comprendí; llevaba meses ocupando su hueco a quince metros de la ventana de su hermano, doblando con cuidado un abrigo gris.