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(Vega)
El becario que me dejó el expediente en la mesa se llamaba Rubén, tenía veinticuatro años y la convicción, propia de su edad, de que los casos viejos son aburridos. Lo emparejé conmigo precisamente por eso: necesitaba a alguien que no diera por sentado lo que mi generación sí lo daba.
Lo mandé al pueblo, a La Vega, a hacer lo que ya no tengo paciencia para hacer: tocar puertas.
Volvió a los tres días con una libreta llena y una cara distinta de la que se había llevado.
Había hablado con la mujer del bar, con el cura, con dos vecinas ancianas, con el hijo del pastor Casimiro.
Y todos, sin ponerse de acuerdo, le habían contado dos versiones de la misma familia.
La oficial: padre trabajador, accidente fatal, niño superviviente.
Qué desgracia. Y la otra, la que se cuenta en voz baja: el padre que pegaba, la madre con gafas de sol en enero, el chico del medio que se ponía delante y no lloraba, la cría con el pájaro, y aquella historia incómoda del pastor borracho que juraba haber visto salir a dos niños.
—Jefa —me dijo Rubén, y le temblaba un poco la voz de novato ante su primer caso de verdad—, hay una cosa que no me cuadra.
Todos describían al chico del medio igual: raro, frío, el que miraba.
Pero cuando les pregunto por la pequeña, se les pone otra cara.
Bajan la voz. Una de las viejas hizo el gesto de tocar madera.
Y eso que la pequeña, oficialmente, murió a los doce años en el incendio.
¿Por qué le tienen miedo a una niña muerta desde hace diecisiete años?
Le di la respuesta que da el oficio cuando aún no tiene pruebas, solo certeza :
—Porque en los pueblos, Rubén, la gente sabe.
No con la cabeza: con el estómago. Saben quién daba miedo en aquella casa, y no era solo el padre.
Lo callan porque la cría murió y de los muertos no se habla mal, sobre todo de los niños muertos.
Pero fíjate en una cosa: del chico dicen «raro».
De la niña, bajan la voz. Raro es el que te inquieta.
La voz baja se reserva para quien te aterra.
—Cerré la carpeta—. Búscame a la niña, Rubén.
La que murió sin dejar restos. Empieza por los registros de acogida del norte.
Algo me dice que esa niña dejó de estar muerta hace mucho tiempo.
Rubén me miró como si le hubiera hablado en otro idioma.
Tres semanas después, cuando cruzamos las cinco ciudades en la pantalla, dejó de mirarme así.
Esa noche se fue a casa pálido, y yo me quedé sola en la oficina con cinco muertes ordenadas por fecha, pensando que llevaba toda la investigación vigilando la ventana equivocada del patio.