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(Vega)
Fui a La Vega un martes, sola, sin coche oficial, porque a los pueblos pequeños conviene entrar como una jubilada cualquiera y no como la Policía Nacional. La gente del campo cierra la boca en cuanto ve una placa y la abre, en cambio, ante una desconocida que pide un café y elogia el pan.
El bar lo llevaba una mujer de unos setenta años, seca y lista, de esas que han visto pasar el siglo por su barra. Tardó dos cafés en colocarme y, una vez colocada, habló más de lo que yo había venido a preguntar, que es lo que pasa cuando alguien lleva años callando algo que le pesa.
—La casa de los Salinas —dijo, secando un vaso ya seco—.
Usted viene por eso. Se le nota. Aquí ha venido poca gente a preguntar, y la que vino, vino por eso.
—Me miró de arriba abajo—. El padre era una mala bestia.
Eso lo sabíamos todos y lo callábamos todos, que para eso somos pueblo.
La madre venía a por el pan con gafas de sol en enero.
El mayor andaba siempre con los cascos. La pequeña, una criatura con un pájaro.
Y el del medio… —chasqueó la lengua— el del medio miraba.
Como mira usted, oiga, no se ofenda. ¿Cómo mira la gente que está sumando por dentro?
Le pregunté, sin darle mayor peso, por la noche del incendio. Dejó el vaso.
—Eso pregúnteselo a quien quede de la familia de Casimiro, el pastor —dijo—.
Él juraba que vio salir a dos críos de la casa antes de que aquello prendiera de verdad.
Dos. Cruzando hacia la acequia. Se rieron de él porque bebía, pero Casimiro, borracho, contaba mejor la verdad que muchos sobrios el embuste.
—Se inclinó sobre la barra—. Si salieron dos, señora, y solo se contó uno, ¿dónde está el otro?
He estado haciéndome esa misma pregunta durante diecisiete años mientras seco vasos.
Como usted es de fuera, quizás se atreva a responderla.
Salí de allí con la libreta llena y el estómago cerrado.
Fui a ver al hijo de Casimiro, también pastor, heredero del oficio y de la mala fama.
Confirmó la historia de su padre con la indiferencia del que la ha repetido sin que nadie la haya escuchado: dos figuras pequeñas, una más alta que la otra, cruzando el campo helado hacia la acequia mientras la casa empezaba a humear a su espalda.
La más alta llevaba a la pequeña de la mano.
Y la pequeña llevaba algo entre las manos, algo que aleteaba.
Un pájaro. La niña salió de aquella casa en llamas con un pájaro vivo entre las manos.
Lo apunté, subrayé «pájaro» dos veces y me quedé mirando la palabra en mitad de un camino de tierra, sintiendo el primer escalofrío de verdad de todo el caso.
Porque los inocentes que huyen de un incendio no se detienen para salvar a un canario.
Tenía un presentimiento, antes de que empezara todo, de que habría fuego.