Sin testigos 45
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La sesión siguiente con Carla fue la más extraña de mi vida profesional, y he tenido sesiones extrañas.

Porque los dos sabíamos. Ella sabía que yo había visto la pared; yo sabía que ella sabía.

Y, sin embargo, ninguno rompió la coreografía.

Nos sentamos uno frente al otro, paciente y doctor, dos esgrimistas que han acordado, sin pactarlo, seguir tocándose con la punta del florete embotada para alargar el asalto.

—¿Qué tal la semana? —pregunté, como siempre.

—Productiva —dijo, como nunca—. He ordenado cosas que llevaban tiempo pendientes. Me gusta dejarlo todo en su sitio antes de… —dejó la frase abierta, con una pulcritud cruel— antes de los cambios. Una se siente más tranquila si, llegado el momento, no queda nada fuera de lugar.

Anoté la palabra cambios sin rodearla, para no darle el gusto de verme reaccionar.

—¿Espera usted cambios? —pregunté.

—Siempre llegan, doctor. La cuestión no es esperarlos, sino estar preparada. —Cruzó las piernas, me miró con esos ojos entre verde y ceniza—. ¿Usted está preparado? Para lo que sea que esté esperando desde hace, no sé, ¿diecisiete años?

Sostuve el bolígrafo sin escribir. El reloj mudo no marcaba nada.

Fuera, el tranvía bajó por Colón. Comprendí, en aquel silencio, la naturaleza exacta del juego que jugábamos: no era un interrogatorio, ni una amenaza, ni una venganza.

Era un reconocimiento. Dos personas que llevaban toda la vida siendo ilegibles para el resto del mundo se habían encontrado, por fin, con alguien capaz de leerlas, y ninguna de las dos quería que la lectura terminara demasiado pronto.

Me cazaba, sí. Pero me cazaba despacio, saboreándolo, porque cazarme era la primera conversación verdadera que tenía en años. Y, para mi vergüenza, para mí también.

—Carla —dije, y por una vez el nombre falso me supo a ceniza en la boca—. ¿Por qué viene aquí? En realidad. Cuando se quita todo lo demás.

Sonrió, la sonrisa minúscula.

—Por lo mismo que usted no me echa —respondió, levantándose para marcharse, puntual a las cinco y cincuenta—.

Porque los dos llevamos demasiado tiempo solos con algo que solo el otro puede entender.

—Dobló el abrigo sobre el brazo, lo recogió—.

Es agotador ser el único que sabe quién es uno, doctor.

Usted lo sabe mejor que nadie. Hasta el jueves.

Cuando cerró la puerta, me quedé mirando el sillón vacío y, por primera vez, admití algo que me asustó más que la pared, más que la fotografía bajo la puerta, más que Vega: que no quería que aquello terminara.

Que llevaba diecisiete años deseando, sin saberlo, exactamente a la persona que había venido a destruirme.