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(Nora)
Debería explicar lo del fuego de mi propia casa, ya que ando metiéndome en las de los demás, porque un periodista que persigue desapariciones suele estar persiguiendo, en realidad, una sola.
Mi hermano se llamaba Quim. Era seis años mayor que yo, y para una niña seis años son una distancia astronómica que el cariño cruza como puede.
Lo adoraba con esa devoción acrítica de la hermana pequeña, y él me correspondía a ratos, generoso y ausente a la vez, como son los hermanos mayores.
La noche que se fue de casa yo tenía trece años y fingí dormir mientras él discutía con mi padre en el pasillo, una bronca como tantas, de las que parecen una más hasta que es la última.
Oí la puerta. Oí sus pasos en la escalera.
Pensé: mañana se le pasa, como siempre. No se le pasó.
No volvió. No llamó. Llevo veinte años esperando una llamada que mi cabeza sabe que no va a llegar y que mi cuerpo, cada vez que suena un teléfono desconocido, sigue esperando.
Me hice periodista por Quim, aunque tardé años en admitirlo.
Cada caso que elijo —desaparecidos, supervivientes, gente que se borra del mapa— es el mismo caso disfrazado.
Persigo a hombres que se fueron por una escalera y no volvieron, los entrevisto, los reconstruyo, les pongo nombre y final, y con cada uno entierro un poco a mi hermano sin lápida.
Es un oficio enfermo, si lo piensas. Convertir el duelo en método.
Pero todos los oficios buenos nacen de una herida, y el mío sangra por donde se fue Quim.
Por eso, cuando di con el caso de David Salinas, con el niño que sobrevivió y se borró, reconocí algo familiar antes de razonarlo.
No buscaba a un asesino. Buscaba, una vez más, a un hermano que se iba por una escalera.
Y por eso, cuando empecé a sospechar que el verdadero fantasma de la historia no era David sino Marina —la que sí se borró del todo, la que volvió con otro nombre—, sentí un escalofrío que no era profesional.
Porque llevo veinte años deseando que mi hermano vuelva, con cualquier nombre, de cualquier forma.
Y la historia de los Salinas me enseñó lo que nunca me había atrevido a pensar: que a veces los que vuelven no son los que se fueron.
Que el tiempo y el daño los transforman en otra cosa.
Y que quizá la suerte más piadosa, con ciertos hermanos, es que no vuelvan nunca.