Sin testigos 43
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Vega tardó veinte minutos en gastar sus cinco. La gente que anuncia cinco y consume veinte sabe exactamente lo que hace.

Rondaba los cincuenta. Manos grandes, voz fatigada, y esa cortesía densa de los buenos interrogadores, que no preguntan: dejan que el otro hable para rellenar un silencio que ellos no piensan rellenar.

Se sentó en el borde del sofá sin desabrocharse la gabardina y barrió el piso con una sola mirada, distinta de la de Nora.

Nora observaba para entender a la persona; Vega, para localizar el objeto fuera de sitio.

—Le seré franca, señor Salinas —dijo—. No es una visita oficial. Todavía. Hemos reabierto un caso antiguo. Un incendio. Ya sabe cuál.

—Lo sé.

—Diecisiete años. —Extrajo una carpeta fina; no la abrió—.

Se cerró como accidente doméstico. Y es probable que lo fuera.

Pero la tecnología ha cambiado, los protocolos también, y de cuando en cuando, si hay presupuesto y poco trabajo, rescatamos del archivo lo que en su día se cerró deprisa.

Revisamos restos. Cotejamos con bases de datos que entonces ni siquiera existían.

Rutina. —Me miró—. ¿Le incomoda hablar de aquello?

—Es de lo único de lo que la gente quiere hablar conmigo —respondí—. Aprendí hace mucho tiempo a no incomodarme.

Asintió, como anotando sin anotar.

—Usted tenía quince años. Salió por la ventana del piso inferior, según el informe.

Cuando llegaron los bomberos, estaba en el jardín, descalzo, sin una sola quemadura.

—Me recorrió de arriba abajo—. Eso siempre me ha resultado curioso.

Cuatro personas dentro, ninguna salió. Y un crío de quince, intacto.

—Tuve suerte.

—Tuvo suerte —repitió, en un tono que ni afirmaba ni negaba—. ¿Recuerda aquella noche?

Ahí estaba la pregunta. La misma que Carla me había formulado de otra manera; la misma que Nora me había deslizado con cervezas. Toda mi vida, últimamente, parecía girar en torno a una sola pregunta repartida entre tres bocas: ¿recuerdas?

—La recuerdo perfectamente —mentí, y la mentira era doble, porque lo que recordaba con nitidez era, justamente, lo que no había ocurrido—. Demasiado bien. Es lo que tiene el trauma a esa edad: no se borra, se fosiliza.

Vega me sostuvo la mirada un instante más. Luego se levantó.

—Una última cosa —dijo, ya en el umbral, con esa naturalidad ensayada de quien reserva lo importante para la puerta—. En el informe se contabilizaron cuatro víctimas. Sus padres, su hermano mayor y su hermana pequeña. —Media pausa—. ¿Usted vio los cuatro cuerpos?

—No. Estaba en el jardín. Solo vi el humo.

—Claro. —Una sonrisa que no terminó de manifestarse—.

Verá, señor Salinas, ese es precisamente el detalle que nos hizo volver.

El fuego de aquella casa fue intenso. Tanto que de tres víctimas quedó material suficiente para identificarlas.

De la cuarta, en cambio, apenas nada. Y lo poco que se conservó, con los medios de hoy, plantea dudas. Nada concluyente. Por ahora.

—¿Qué clase de dudas?

Abrió la puerta. El aire frío del rellano se coló en el salón.

—Dudas sobre si su hermana pequeña estaba dentro de la casa aquella noche —dijo—. Que tenga buen día, doctor .

Y se marchó, dejando la palabra «doctor» flotando como una acusación cortés —porque sabía, igual que yo, que doctor no era—, y dejándome con la pregunta que llevaba diecisiete años sin atreverme a formular. Si la pequeña no estaba en la casa, ¿dónde estaba? Y, sobre todo: ¿dónde estaba ahora?