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Don Emilio fue, sin saberlo, el primero en avisarme de que algo se movía alrededor de las dos torres, y lo hizo con la misma economía con que me anunciaba los crímenes del país.
Bajé a por el pan un poco más tarde de la cuenta —tres minutos, no dos; ya he confesado que aquellos días empezaba a romper mis propias reglas— y lo encontré apoyado en el quicio de la portería, con el periódico doblado bajo el brazo en lugar de abierto sobre el mostrador, señal inequívoca de que tenía algo que contar y prefería contarlo de pie.
—Doctor —dijo, en ese tono confidencial que reserva para las cosas que no salen en su periódico—. Ayer vino una mujer a preguntarle por usted.
Me detuve en el primer escalón, sin volverme del todo, calibrando la frase.
—¿Una paciente?
—No lo dijo. —Se rascó la barbilla—. Joven.
Del montón, ni guapa ni fea, de esas que no se quedan en la memoria, lo cual ya es raro, porque yo a la gente la recuerdo.
Preguntó si usted vivía solo, a qué hora bajaba, si recibía visitas.
—Frunció el ceño—. Le dije lo que le digo a todo el que pregunta de más: que aquí no damos datos de los vecinos.
Pero me dejó una mala espina, oiga. No por lo que preguntó.
Por cómo lo preguntó. Como quien ya sabe la respuesta y solo quiere ver si tú se la confirmas.
Como quien ya sabe la respuesta. Reconocí la técnica al vuelo, porque era la mía, la que empleo en consulta: no se interroga para averiguar, se interroga para comprobar lo que ya se intuye y, de paso, medir al que responde.
Quienquiera que fuese aquella mujer del montón, no buscaba información sobre mí. Me estaba auditando.
—¿La había visto antes por el barrio? —pregunté.
—Esa es la cosa. —Don Emilio bajó aún más la voz—.
Me sonaba. Pero no de la calle. Me sonaba como me suenan a veces las caras de los que salen en mi periódico, en las páginas de atrás, las de sucesos.
Una cara que has visto en algún sitio y que no querrías volver a ver.
—Se encogió de hombros, restándose importancia a sí mismo—.
Cosas de viejo, doctor. Uno lleva veintidós años mirando pasar a la gente y termina viendo fantasmas. No me haga caso.
Le hice todo el caso del mundo. Subí los seis pisos a pie, como siempre, y por primera vez los conté escalón a escalón, no por puntualidad, sino porque contar me serenaba.
Una mujer del montón, imposible de recordar, que preguntaba como quien ya sabe, con una cara de las páginas de sucesos.
No era Nora; a Nora se la recuerda. No era Vega; Vega enseñaba la placa.
Era una tercera, y la tercera, comprendí mientras metía la llave y pegaba el oído a mi propia puerta, llevaba colgada una jaula vacía frente a mi ventana desde hacía exactamente dos semanas.