Sin testigos 40
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En una de aquellas sesiones, Carla volvió al sueño del pasillo, y lo hizo con una variación que me quitó el sueño a mí durante días.

—He vuelto a soñar con las cuatro puertas —dijo—.

Pero esta vez las he contado mal. —Ladeó la cabeza—.

En el sueño abro la primera y duerme un hombre grande, de manos rojas.

Abro la segunda y duerme una mujer con gafas de sol puestas, incluso dormida.

Abro la tercera, y duerme un chico joven con unos cascos en las orejas.

—Hizo una pausa larga—. Y llego a la cuarta.

Y la abro. Y dentro no duerme nadie. La cama está vacía, deshecha, todavía caliente.

Y entonces, en el sueño, entiendo una cosa horrible, doctor: que la persona de la cuarta habitación no está dentro porque la persona de la cuarta habitación soy yo, que estoy en el pasillo, abriendo puertas.

—Me miró—. ¿Qué significa soñar que abres la puerta de tu propia habitación vacía?

Apunté la pregunta con mano firme, y firme me salió la respuesta, aunque por dentro algo se descolgaba:

—Significa, a veces, que uno se busca en un lugar donde ya no está. Que el yo que creía recordar se ha mudado, y uno sigue abriendo la puerta antigua por costumbre.

—O significa —dijo Carla, con su sonrisa minúscula— que en esa casa, aquella noche, había cuatro durmientes y un quinto de pie en el pasillo.

Y que la historia que todos cuentan —cuatro muertos, un superviviente— se equivoca en la aritmética.

No fueron cuatro y uno, doctor. Fueron tres durmientes a los que alguien no dejó despertar, y dos de pie en el pasillo.

Dos. —Se levantó—. Pero usted es el experto en memoria.

Seguro que yo cuento mal. Las niñas cuentan mal.

Por eso nos mandan a dormir temprano: para que no contemos lo que pasa cuando los mayores creen que dormimos.

Cerró la puerta a las cinco y cincuenta, exacta, y yo me quedé con el bolígrafo en alto, repasando una suma que llevaba diecisiete años haciendo mal.

Cuatro y uno. Siempre cuatro y uno. Y, por primera vez, la aritmética de una desconocida —tres y dos— encajaba en el hueco blanco de mi memoria mejor que la mía propia.

Porque en mi recuerdo verdadero, el de bordes sucios, el que sobrevivía bajo la niebla, no había cuatro cuerpos.

Había tres durmientes. Y había una mano pequeña en mi hombro, en el pasillo, que llevaba diecisiete años colocando al principio de la noche cuando pertenecía, en realidad, justo al final.