Sin testigos 39
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No confronté a Carla. Quien espera que un hombre como yo derribe la puerta de enfrente y exija explicaciones no ha entendido nada de un hombre como yo.

Pasé la noche entera repasando mis opciones igual que repaso la cama por las mañanas, buscando el pliegue que no encaja.

Tenía delante a una desconocida que se hacía llamar paciente, que conocía mi rutina al minuto, que había levantado en su pared un altar a mi pasado y que me espiaba a través de un patio.

La reacción instintiva —la de cualquiera— habría sido el miedo, la denuncia, la huida.

Ninguna me servía. El miedo se nota; la denuncia abre expedientes, y un expediente sobre mí era exactamente lo que llevaba diecisiete años evitando; la huida confirma la culpa que la persecución solo insinúa.

De modo que escogí lo más difícil: continuar como si nada.

A la mañana siguiente bajé a por el pan a la hora de siempre, saludé a Don Emilio, esquivé el callejón por costumbre.

A las diez en punto, cuando sonaron los dos golpes, abrí la puerta y recibí a Carla con la misma media sonrisa profesional de cada sesión.

Ella se quitó el abrigo, lo dobló sobre el brazo del sillón e hizo un inventario rápido.

Y yo, que sabía lo que sabía, le pregunté por su semana con una serenidad que me sorprendió a mí mismo.

Porque, mientras hablaba, comprendí algo que me erizó la nuca más que cualquier amenaza: aquel duelo de fingimientos no me angustiaba.

Me entretenía. Llevaba diecisiete años sin sentir el pulso de un adversario a mi altura, y aquella mujer —fuese quien fuese— me lo había devuelto.

Esa misma tarde, sin embargo, el equilibrio que tan cuidadosamente sostenía empezó a resquebrajarse desde un flanco que no había vigilado.

Sonó el portero automático a una hora sin cita.

Una voz de mujer, cansada, espesa, pronunció mi nombre con la cortesía neutra de quien no necesita ser amable porque le sobra autoridad.

—¿David Salinas? Soy la inspectora Vega, Policía Nacional. ¿Le importa que suba? Cinco minutos.

Miré el telefonillo unos segundos antes de pulsar el botón.

Tres frentes, pensé. La periodista abajo.

La paciente enfrente. Y ahora la policía en el portal.

Tres mujeres orbitando alrededor de un hombre que se había pasado la vida puliendo su invisibilidad.

El azar no construye simetrías tan limpias.

Alguien las estaba colocando, una a una, con la paciencia con que yo coloco las almohadas.

Y empezaba a temer conocer su nombre.

—Suba —dije.