Sin testigos 38(Vega)
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(Vega)

Volví a las dos torres por segunda vez, y aquella visita me dejó peor que la primera, porque la primera me dio una sospecha y la segunda me quitó la coartada para no actuar.

Salinas me recibió igual: cortés, sereno, ofreciéndome un té que rechacé, con esa quietud que en veintiocho años solo había visto en dos clases de personas, los muy inocentes y los muy peligrosos, que por fuera se parecen tanto que el oficio consiste, en el fondo, en distinguirlos.

Le hice las preguntas de rutina y me las devolvió perfectas, sin titubeos ni contradicciones.

Demasiado perfectas. La gente normal se equivoca en los detalles pequeños: el día de la semana, el color de una puerta, cuántas escaleras subió.

Salinas no se equivocaba en nada. Recitaba su vida como un testigo que ha repasado su declaración mil veces.

Y un testigo que ha repasado su declaración mil veces o dice la verdad absoluta o miente con una disciplina que da escalofríos.

Pero hubo un instante. Uno. Cuando mencioné a su hermana —«su hermana pequeña, Marina, ¿verdad?

»— algo le cruzó la cara. No miedo; este hombre no tiene miedo.

Me di cuenta enseguida. Fue otra cosa. Ternura.

Una ternura que apareció medio segundo y que él guardó enseguida, como se guarda una fotografía al oír pasos.

Lo anoté mentalmente: este hombre puede no temer nada en el mundo y, aun así, hay un nombre que le ablanda los ojos.

Y en mi oficio, cuando un sospechoso de hielo tiene un solo punto cálido, ese punto es la grieta por la que se entra. O por dónde se le hace daño.

Bajé en el ascensor antiguo pensando que llevaba el caso del revés.

Había subido a vigilar a un asesino frío, y me marchaba con la imagen de un hombre que protegía algo con toda su quietud.

La pregunta no era qué había hecho David Salinas.

La pregunta era a quién estaba cubriendo, y por qué un hombre se pasa diecisiete años construyéndose una vida de fantasma para custodiar un nombre que le ablanda los ojos.

La respuesta, cuando llegó, semanas después, en una pantalla con cinco ciudades y cinco muertes, no me sorprendió.

Solo me dio pena. Porque hay culpables a los que una detiene con gusto, y hay otros a los que una detendría con gusto si no fuera porque, al mirarlos, ve a un crío de quince años poniéndose delante de algo para que no alcance a otro.