Sin testigos 37(Vega)
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(Vega)

A mi comisario no le gustó nada que reabriera lo de La Vega, y me lo dijo con la franqueza de los que mandan: «Vega, ¿tú sabes lo que cuesta reabrir un caso cerrado como accidente hace diecisiete años?

Papeleo, presupuesto, prensa, si se entera y todo: ¿para qué?

Para quitar un dolor viejo en un pueblo que ya lo enterró.

Déjalo. Te quedan dos años para la jubilación. No los gastes en fantasmas.»

Lo escuché en su despacho, de pie, con la carpeta bajo el brazo, y le di la única respuesta que me ha funcionado en veintiocho años con los que mandan: la verdad envuelta en un oficio.

«Comisario, los números no cuadran. Tres cuerpos donde se contaron cuatro.

Una menor desaparecida que nadie buscó. Si eso sale a la luz dentro de cinco años porque a alguien se le ocurre mirar lo que yo ya he visto, no va a ser un dolor viejo: va a ser una negligencia con su nombre y el mío en el encabezado.

Yo solo le pido autorización para mirar.

Si no hay nada, lo cierro y me jubilo en paz.

Si hay algo, mejor que lo encontremos nosotros y no un periodista. »

La palabra periodista hizo efecto, como siempre.

A los que mandan no les asusta la injusticia; les asusta el titular.

Me dio un presupuesto de tres meses y medio, refunfuñando, con la condición de que lo llevara «discreto».

Salí de su despacho sabiendo dos cosas. La primera, que tenía vía libre, a regañadientes, para tirar del hilo.

La segunda, más amarga, era que el sistema entero —el comisario, el pueblo, la Guardia Civil de hace diecisiete años— estaba construido sobre el mismo principio que la familia Salinas: no remover.

Preferir el accidente al crimen. Preferir la cuenta que cuadra con la verdad, no la que escuece.

Y comprendí, bajando las escaleras de la comisaría, que mi verdadero adversario en aquel caso no sería un asesino.

Iba a ser la inercia de un mundo entero empeñado en mirar hacia otro lado con elegancia.

Contra un asesino, una sabe luchar. Contra la comodidad de todos, nunca se gana del todo. A lo sumo, se molesta.