36(Don Emilio)
(Don Emilio)
A mí que no me pregunten por análisis ni por psicologías, que yo de eso no sé. Yo sé de portales. Llevo veintidós años en este, y le digo una cosa: a la gente se la conoce de verla bajar la escalera. No hace falta más.
Al doctor lo conocí el día que vino a ver el piso; hace seis años.
Bajó la escalera despacio, mirando los escalones como si los contara, y pensé: este es de los ordenados, de los que no dan guerra.
Y no la dio. Buenos días, buenas tardes: el periódico, el pan, las escaleras; siempre, nunca el ascensor.
Educado. Distante, eso sí, pero distante fino, no maleducado.
Un hombre solo, de esos que se nota que han tenido un golpe gordo en la vida y han decidido que ya no más.
Yo de esos he visto muchos. El barrio está lleno.
La ciudad está llena. Gente que baja la escalera como si pidiera permiso para existir.
Lo que nunca me cuadró fue lo de las visitas.
Porque al doctor no lo visitaba nadie, años, ni un alma, salvo los pacientes, que esos suben puntuales y bajan puntuales y no cuentan.
Y de pronto, en unos meses, tres mujeres.
La periodista del cuarto, maja, curiosa, de las que apuntan.
La policía, que esa la calé antes de que enseñara la placa, que a la policía se la huele.
Y una tercera, una que vino una vez a preguntarme por él, del montón, ni guapa ni fea, de esas que no se te quedan.
Esa me dio mala espina. No por nada que hiciera.
Por cómo preguntaba. Como quien ya sabe y solo comprueba.
Se lo dije al doctor, que tuviera cuidado.
No me hizo mucho caso. La gente nunca hace caso al portero, y eso que el portero, se lo digo yo, es el que más ve .
La noche del fuego yo estaba en la portería con el periódico, como siempre.
Oí el jaleo, los bomberos, la policía. Subieron, bajaron.
Y al final sacaron al doctor con las manos quemadas y la cara de un hombre que ha perdido algo que no se recupera.
Lo metieron en una ambulancia. Me miró un segundo desde la camilla y yo levanté la mano para saludarlo, como cada mañana, sin pensar, por costumbre.
Y él me la devolvió, con la mano vendada, también por costumbre.
Fue lo último que vi que hizo en este portal.
Luego vinieron los periódicos, y la radio por el ordenador, y lo pintaron de monstruo, del peor que se recuerda.
Y yo, que no sé de psicologías, solo puedo decir lo que sé, lo que vi desde una portería durante veintidós años: que un hombre que baja la escalera como ese hombre, contando los escalones, saludando sin mirar, no es el monstruo que cuentan.
Será otra cosa. Será un hombre con un golpe gordo.
Pero monstruo, lo que se dice monstruo, ese no.
Y a mí, de portales y de gente bajando escaleras, no me gana nadie.