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Regresé a casa por la ruta de siempre, subí los seis pisos, entré, pegué el oído a la puerta por costumbre y me dirigí al estudio sin encender una sola luz.
Me dejé caer en mi sillón, a oscuras, y observé el patio.
Enfrente, a quince metros, se encendió una luz: la ventana de Carla.
La vi moverse por el interior de su piso —una silueta, el abrigo gris ya retirado, la melena soltándose— con la despreocupación de quien llega a su hogar y desconoce o desatiende que lo observan.
Encendió una lámpara de pie. Y entonces, al iluminarse el fondo de la estancia, vi la pared.
La pared de Carla, la que daba al patio, la que, desde mi sillón, quedaba exactamente enfrente y a plena vista, estaba forrada de papeles.
No alcancé a leerlos desde allí. Tampoco me hizo falta para reconocerlos.
Recortes de prensa. Folios impresos. Fotografías.
Hilos rojos como los que la gente tiende en las películas y que yo siempre había juzgado un recurso de guionista perezoso, hasta esa noche, en que comprendí que la gente los tiende porque, a veces, la verdad verdadera adopta forma de telaraña.
Había una geografía en aquella pared, un orden; y yo, que detecto el orden ajeno como un perfumista una nota, supe que tenía delante un caso.
Y supe, con una certidumbre que me bajó por la espalda como agua helada, de quién era.
Mío.
Saqué los prismáticos. No voy a fingir que no los tengo, a estas alturas; un hombre que vigila un cruce tres veces por minuto y un patio cada noche posee prismáticos, y quien afirme lo contrario miente o se desconoce.
Enfoqué. La mano, esta vez, no me tembló: ante el peligro real, el cuerpo se me ordena solo; tiembla únicamente ante el peligro imaginado.
Leí.
En el centro, una fotografía grande, granulada, ampliada de algún periódico antiguo: una casa de pueblo envuelta en llamas, de noche, con las siluetas de los bomberos recortadas contra el fuego.
Encima, un titular que me sabía de memoria desde los quince años: TRAGEDIA EN LA VEGA: MUEREN CUATRO PERSONAS DE UNA MISMA FAMILIA EN UN INCENDIO.
Alrededor, como satélites, otras imágenes. Mis padres, jóvenes, en una foto de comunión. Tomás con el uniforme del instituto. La casa entera reconstruida en papel. Y, abajo a la derecha, separada de las demás, unida al centro por un hilo rojo, una fotografía reciente.
Era yo. Saliendo de mi portal, el de las dos torres, con la barra de pan bajo el brazo. La misma toma que había recibido en el sobre, o su hermana gemela. Junto a ella, en un pósit amarillo, con esa caligrafía minúscula e inclinada, idéntica a la mía, tres palabras.
Las leí tres veces para cerciorarme.
Es él. Confirmado.
Bajé los prismáticos. En el patio, el viento agitó la jaula vacía y la puertecilla repitió su pequeño ruido, ese que yo había aprendido a oír desde mi sillón.
Por fin entendí por qué lo había aprendido a oír: porque alguien lo había colgado ahí, frente a mi ventana, para que yo lo oyera.
La jaula no era una coincidencia de mal gusto del universo.
Era un mensaje. Llevaba trece días sonando para mí, y yo, el gran lector de los demás, no había sabido descifrarlo.
Carla no era mi paciente.
Carla me cazaba.
Y, mucho peor —lo comprendí esa noche con el estómago cerrado—, llevaba semanas permitiéndome verla hacerlo.