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Decidí seguir a Carla.
Lo resolví con la misma frialdad con que resuelvo todo: sopesando el coste, calibrando el riesgo, sin pedirle permiso al corazón.
Si la fotografía bajo mi puerta decía la verdad, si de aquella casa había salido más de uno, entonces la pequeña respiraba en algún lugar, rondaría los veintinueve, y arrastraría diecisiete años de una infancia clausurada por el fuego.
Y yo, que me ganaba la vida reconociendo a los supervivientes del trauma, tenía enfrente, dos veces por semana, a una mujer de esa edad exacta, obsesionada con un pasillo de cuatro puertas, que soñaba con dormidos a los que no debía despertar, que había bautizado a un canario con un nombre demasiado grande.
Resultaba absurdo. Un paciente no elige a su terapeuta por capricho del cosmos.
Carla me había localizado en una web de psicólogos, había solicitado una cita como cualquiera, había pagado en efectivo —ahora, al recapitular, siempre en efectivo— y me había servido una historia perfectamente vulgar de ansiedad y soledad.
Yo mismo, con la cabeza intoxicada por las coincidencias, estaba ensamblando un monstruo a base de retales.
El error clásico del que se sabe culpable: creer que el universo entero conspira para cobrarle la deuda.
Aun así, la seguí.
Salió de la sesión de las cinco a las cinco y cincuenta, puntual como una sentencia; se puso el abrigo gris en el rellano y bajó por la escalera.
Aguardé medio minuto y descendí tras ella, a dos tramos de distancia, con las suelas mudas y el pulso en su sitio.
La acompañé por Russafa; crucé Colón cuando el semáforo me lo permitió sin obligarme a correr; y me preparé para una larga caminata hacia algún arrabal, hacia una vida que justificara su efecto y su tristeza.
No hubo caminata.
Carla dobló la esquina de mi propia manzana.
Se internó en el callejón estrecho que yo evito por costumbre, el que parte la manzana por la mitad y que —ahora lo veía por primera vez en años, porque nunca lo piso— desembocaba en la trasera de un edificio.
Una fachada que daba perpendicularmente a un patio interior.
A mi patio interior.
Me detuve en la boca del callejón. Observé cómo Carla sacaba unas llaves, abría un portal desconchado y se adentraba en él.
Conté las plantas con la mirada, tracé la geometría, levanté el plano en la cabeza como hago siempre, y el plano me devolvió una respuesta que me clavó al suelo en mitad de aquel pasaje que llevaba años esquivando sin saber por qué.
El piso de Carla daba al mismo patio que el de mi estudio.
Estaba enfrente. A no más de quince metros, separados por aquel pozo de aire hondo y angosto, con la gravilla blanca al fondo. Su ventana miraba mi ventana.
Y en su ventana, desde hacía exactamente trece días —tres antes de que yo la contara por primera vez; ahora todo era cálculo—, colgaba una jaula vacía con la puerta abierta.