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Durante tres días me equivoqué de mujer.
Conviene confesarlo, porque demuestra que ni siquiera yo, que vivo de leer a las personas, escapo a la trampa más vieja del oficio: ver lo que uno ha decidido ver de antemano.
Había resuelto que la amenaza tenía el rostro de periodista.
Nora encajaba con una comodidad casi insolente.
Había surgido de la nada justo cuando se reabría el caso; se había instalado en mi edificio; preguntaba con la dulzura de quien ya conoce la respuesta; investigaba «casos viejos que nadie terminó de contar».
Y, sobre todo, tenía la edad. La edad exacta.
Si la pequeña seguía viva, tendría veintinueve años.
Nora podía tener veintinueve sin esfuerzo.
Y, pese a todo, con qué facilidad me había convencido de lo contrario.
En tres días le había levantado a Nora un expediente entero de culpabilidad con el mismo material con el que cualquiera podría levantarme uno a mí: coincidencias, edades, oportunidades.
Ahí regresaba la lección del señor Bru, devuelta como un bumerán: el culpable distribuye sospechas por el horizonte para no mirarse en el espejo.
Hasta que una noche, repasando mis apuntes de la semana, me detuve en tres líneas anotadas sin darles peso.
«Carla: pájaro. Canario. Nombre demasiado grande.
No se acuerda.» Más abajo: «Carla paga siempre en efectivo.
» Y debajo aún: «Carla llega clavada. Ni antes ni después.
Como yo.» Tres notas sueltas, tres baches en un camino que llevaba meses recorriendo sin mirar el suelo.
Las leí juntas por vez primera, igual que se leen juntas las cajas de una mudanza o las almohadas de una cama, y emergió la arquitectura.
Buscaba a una desconocida infiltrada en mi edificio. No se me había ocurrido, ni por asomo, recelar de la única persona a la que yo mismo había abierto la puerta, sentado en un sillón enfrente y pagado por estudiarme dos veces por semana.
El mejor escondite no es la oscuridad. Es la cita de las diez en punto.
Aparté los prismáticos del 4.º B. Despacio, casi con reverencia, los giré hacia el patio, hacia la ventana de enfrente, hacia la jaula vacía que llevaba trece días oscilando frente a la mía.