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Decidí averiguar quién era Carla. No por la vía de preguntárselo —jamás se le pregunta a un adversario lo que se le puede sustraer—, sino por la mía: los papeles.
Tenía su ficha. La había rellenado yo el primer día: Carla Mond, treinta años, sin pareja, contable en una gestoría del centro.
Un teléfono. Una dirección que, ahora lo sabía, era falsa, porque su verdadera dirección daba a mi propio patio.
Empecé por la gestoría. No existía ninguna contable con ese nombre; ni siquiera existía la gestoría que figuraba en la ficha, o había cerrado años atrás.
Probé el teléfono desde una cabina —aún quedan dos en el barrio, reliquias que uso precisamente porque nadie las usa—: daba tono, saltaba un buzón impersonal, una voz robótica que no decía ningún nombre.
Tiré de los hilos que un hombre discreto sabe tirar sin dejar huella.
Un conocido del registro. Una búsqueda en los listados públicos.
El rastro de cualquier persona normal: la nómina, el padrón, las redes, la huella digital que todos arrastramos sin querer como un caracol su baba.
Carla Mond no tenía ninguna. No es que tuviera poca: no tenía.
La mujer que se sentaba en mi sillón dos veces por semana, que doblaba su abrigo gris con pulcritud de tasadora, que pagaba siempre en efectivo, no constaba en ningún sitio.
Era un nombre vacío, una jaula sin pájaro.
Solo conozco dos clases de personas sin rastro. Los muertos. Y los que se han borrado a propósito, con método, con tiempo, con la misma disciplina con la que yo me borré a mí mismo hace diecisiete años.
Aquella constatación debió de señalarme la verdad como una flecha.
Una mujer de la misma edad que mi hermana, borrada del mundo con mi misma técnica, sentada frente a mí, preguntándome por cuchillos y pájaros.
Pero la mente, cuando teme una conclusión, construye desvíos, y la mía construyó el más cómodo: si alguien se había fabricado a Carla Mond de la nada, ese alguien tenía que ser un profesional de las identidades, alguien acostumbrado a inventar personajes e investigar vidas ajenas. Alguien, por ejemplo, una periodista.
Así que, en lugar de cruzar el patio, bajé dos pisos. En lugar de mirar la ventana de enfrente, miré la de abajo. Me equivoqué de mujer del modo más torpe posible: teniendo todas las piezas sobre la mesa, las ordené para que apuntaran a quien prefería que fueran, y no a quien eran.