Sin testigos 29
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Carla cambió de tema sin que yo se lo pidiera, lo cual, en una paciente tan medida, equivalía a un anuncio.

—He estado leyendo sobre la piel —dijo a mitad de la siguiente sesión, mientras yo fingía repasar mis notas—.

¿Sabía usted que la piel se organiza por dentro a lo largo de líneas?

Unas direcciones invisibles, según las cuales las fibras se tensan.

Hay quien las llama líneas de tensión. Un anatomista austríaco les puso su nombre hace un siglo y medio.

Levanté la cabeza muy despacio, con el cuidado del que no quiere espantar a un pájaro posado en su hombro.

—Líneas de Langer —dije.

—Exacto. —Sonrió, complacida, como una alumna ante el profesor que confirma la lección—.

Langer. Suena a médico alemán con bata impecable y vida ordenada, ¿no le parece?

Justo lo contrario de lo que uno imaginaría al manejar ese conocimiento.

—Cruzó las piernas—. Lo curioso es para qué sirve saberlo.

En medicina, para que las cicatrices queden disimuladas: si cortas siguiendo la línea, la herida cierra fina, casi invisible.

Pero el dato en sí es neutro. Sirve igual para coser como para lo contrario. Depende de en qué manos caiga.

No respiré. La frase del prólogo, la mía, la que no he pronunciado en voz alta ante nadie, latía en algún lugar detrás de mis dientes: a veces uno decide usarla para lo menos académico posible.

Carla acababa de decir lo mismo con otras palabras, frente a mí, en mi propio sillón, con la naturalidad de quien comenta el tiempo .

—¿Por qué ha leído usted sobre eso? —pregunté. El usted me servía de barandilla.

—No lo sé. —Se encogió de hombros, y el gesto fue tan creíble que casi la creí—.

Me topé con ello en un libro y se me quedó.

A veces un dato se te queda enganchado y no entiendes por qué.

Como una canción de la infancia. O como el nombre de un pájaro que crees haber olvidado.

—Me miró fijamente, sin parpadeo—. Usted lo entenderá, doctor, que trabaja con lo que se queda enganchado en la gente.

Dígame: ¿hay datos que se le hayan enganchado a usted?

¿Qué cosas sabe sin recordar de dónde las sabe?

Dejé el bolígrafo en la mesa baja con lentitud deliberada, para que el gesto no temblara.

—Todos los tenemos —respondí—. Forma parte de ser humano.

—Ya. —Asintió—. Aunque hay una diferencia entre los datos que se enganchan por azar y los que alguien te clava a propósito.

—Se inclinó apenas hacia delante—. Igual que hay diferencia entre una cicatriz que sigue la línea de Langer y otra que la atraviesa.

La primera apenas se ve. La segunda nunca se cierra del todo.

—Ladeó la cabeza—. ¿Qué clase de cicatrices tiene usted, doctor?

¿De las que siguen la línea o de las que la cruzan?

Cuando se marchó, a las cinco y cincuenta en punto, me quedé largo rato sentado en el sillón vacío de enfrente —el suyo, no el mío—, mirando la jaula del patio.

Por primera vez admití, sin rodeos, una idea que llevaba semanas rondándome y a la que no había querido abrir la puerta: que Carla no hablaba de su pasado en aquellas sesiones.

Hablaba del mío.