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(Nora)
Un primer periodista para quien trabajé, un hombre que olía a tabaco y a certeza y que agonizaba lentamente en una redacción que cerraron tres meses después, me enseñó una norma: no te enamores de tu teoría, porque eso te lleva a dejar de buscar pruebas y a empezar solo a buscar confirmaciones.
La repito antes de cada caso, como si fuera una oración.
Sin embargo, en cada caso la incumplo, igual que una promesa.
Con el doctor Salinas la incumplí desde el primer día.
Lo había rastreado durante meses antes de mudarme a la finca.
Sabía que el superviviente del incendio de La Vega se había licenciado a distancia, se había especializado en trauma infantil —una ironía que no se me escapaba—, había publicado un ensayo casi clandestino y se había escondido en Valencia bajo un perfil tan tenue que costaba creer en su existencia.
Cambió de provincia. Recortó su apellido en algún registro.
Se volvió, literalmente, lo más invisible que se puede ser sin desvanecerse.
Y eligió, entre todas las casas de la ciudad, la única imposible de no ver: el edificio de las dos torres.
Esa contradicción me robó muchas noches de sueño.
Un hombre que anhela esconderse y lo hace en el punto más visible del mapa.
Solo encontré una explicación que me convenciera: que no pretendiera ocultarse del mundo, sino vigilarlo.
Que necesitara ver llegar lo que llegase.
Y algo llegaba. Lo supe por la fuente.
Arranqué el caso por mi cuenta; a los dos meses, recibí el primer sobre.
Sin remite. Dentro, fotocopias del informe forense original, subrayadas.
Alguien, desde fuera, deseaba que yo siguiera tirando del hilo.
Al principio sospeché de un policía resentido, de un vecino del pueblo con un rencor añejo.
Los sobres continuaron. Cada vez más precisos, cada vez más próximos.
El último traía una sola línea, manuscrita, con una caligrafía minúscula e inclinada que parecía de médico o de niña aplicada: «El cuarto cuerpo no era de ella. Pregunte por la niña.»
No firmaba. Jamás firmaba. Pero quienquiera que fuese conocía detalles reservados a dos clases de personas: la policía, o alguien que hubiera estado dentro de aquella casa la noche del fuego. Y la policía no mete sus papeles en sobres anónimos.
Por eso alquilé el 4.º B. No para espiar a Salinas desde lejos —me había calado el primer día, lo noté en la facilidad con que me franqueó la entrada; un hombre así no abre su puerta por cortesía—, sino para estar cerca cuando aquello, fuera lo que fuera, sucediera.
Porque iba a suceder. Los sobres lo anunciaban con la paciencia de un reloj.
Confieso lo que no suelo confesar: también me mudé por mí.
Tuve un hermano. Mayor. Se marchó de casa a los diecinueve, tras una pelea con mi padre, una bronca como tantas, de esas que parecen una más hasta que resulta ser la última.
Prometió que llamaría. No llamó. No está muerto, que yo sepa; sencillamente está en ningún sitio y lleva veinte años en ese mismo sitio.
Me dedico a narrar historias de gente que se esfuma porque, en el fondo, sigo buscándolo en todas.
Reconocí en Salinas la forma exacta de quienes se van quedando.
Lo que no calculé —lo único que la norma del periodista muerto no contempla— fue empezar a dudar de quién era la víctima y de quién el cazador.
Porque la noche en que subí con las cervezas, cuando le pregunté en qué se le notaría a un superviviente y él me respondió, con esa calma de pozo, «búscalo entre los que no tiemblan», no me describió a un monstruo.
Se describió a sí mismo. Y lo hizo sabiéndolo .
Un hombre no te entrega su propio retrato a menos que ya haya decidido qué hará con la única testigo que lo escucha.