Sin testigos 26
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Hay un recuerdo de la pequeña que no aparece en ninguna lista del cuaderno, porque es de los que no se dejan reducir a una línea, y lo escribo ahora por primera vez.

Teníamos un juego ella y yo en los veranos, cuando el campo se ponía amarillo y mi padre dormía la siesta, y la casa, durante dos horas, era nuestra.

Lo llamábamos «el juego de la acequia». Consistía en algo muy simple y, lo entiendo ahora, muy revelador: nos tumbábamos boca arriba en el borde de la acequia seca, hombro con hombro, y mirábamos el cielo, y yo le hacía preguntas.

No preguntas de niños. Preguntas mías. «Si tuvieras que esconder una cosa para que nunca la encontraran, ¿dónde la esconderías?

» Y ella, con seis, con siete, con ocho años, contestaba con una seriedad que me fascinaba.

«Donde ya hayan mirado», dijo una vez. «La gente no mira dos veces en el mismo sitio.

» Tenía ocho años. Me quedé callado un rato largo, mirando el cielo, sintiendo el orgullo equivocado del que cree haber encontrado a un discípulo y no se da cuenta de que ha encontrado a un maestro.

Otra tarde le pregunté qué haría si alguien le hiciera mucho daño, mucho, todos los días.

Pensé que diría llorar, huir o pedir ayuda, las respuestas de una niña.

Se quedó pensando, con una brizna de paja entre los dientes, y dijo: «Esperaría.

A que se durmiera. La gente que hace daño también se duerme, ¿no?

Pues esperaría a eso.» Y se rió porque para ella era un juego, y yo me reí también porque para mí también lo era, y los dos miramos el cielo amarillo sin saber que estábamos ensayando, palabra por palabra, la noche que nos partiría la vida en dos .

Le enseñé los nombres de los huesos y ella me enseñó, sin saberlo, lo que yo no quería ver en mí mismo: que la frialdad no era un defecto que me hubiera causado mi padre, sino un suelo que ya estaba ahí, y sobre el que ella construía con la misma facilidad que yo.

La diferencia, la única, la que tardé diecisiete años en entender, es que yo usaba ese suelo para ponerme delante de los demás, y ella aprendería a usarlo para cerrar puertas detrás de sí.

El mismo material. Dos arquitecturas opuestas.

Un muro y una trampa, levantados con el mismo ladrillo.

La quise más que a nada en el mundo, a la niña de la acequia.

La sigo queriendo, en una celda, diecisiete años y una condena después.

Y a veces, en las peores noches, me pregunto si no la quise tanto precisamente porque, de todos los habitantes de aquella casa, era la única que se parecía a mí por dentro.

Uno reconoce su propia herramienta en la mano de otro, ya lo he dicho.

Y a veces, Dios me perdone, esa herramienta en la mano de otro no da miedo. Da compañía.