25
Néstor, mi paciente de los pensamientos intrusivos, me dio el alta a sí mismo, en cierto modo, y su despedida me dejó una lección que solo entendí del todo en la cárcel.
Vino a su última sesión sereno, con el cuello del abrigo desabrochado por primera vez, y me dijo que ya no necesitaba venir, que las imágenes seguían apareciendo de vez en cuando pero que había aprendido a dejarlas pasar «como coches por el cruce, sin subirme».
Me dio las gracias con la torpeza de los hombres que no están acostumbrados a agradecer y, al irse, en la puerta, se volvió y me dijo una cosa que no he olvidado: «¿Sabe qué me ha curado, doctor?
No las técnicas. Lo que me ha curado es que usted, cuando le conté lo que pensaba —lo peor de mí—, no apartó la mirada.
Yo esperaba que me mirara con asco, como me miraba yo.
Y usted me miró… normal. Como si no fuera para tanto. Y entonces dejó de serlo.»
Lo apunté en su ficha y lo subrayé, sin saber aún que estaba subrayando el diagnóstico de mi vida entera.
Porque eso era, exactamente, lo que yo necesité a los quince años y no tuve: que alguien, al ver lo que llevaba dentro, no apartara la cara.
No tuve a ese alguien. Tuve a una tía que cerraba con llave, a un pueblo que prefería no remover, a unos psicólogos de un centro de acogida que escribieron «afecto aplanado» y pasaron página.
Nadie me miró normal. Así que aprendí a no mostrarme, a hacerme invisible, a cuidar un jardín aparente para que nadie viera el sótano.
Y mi hermana, peor: a nadie se le ocurrió mirarla sin apartar la cara, ni siquiera a la tía, sobre todo a la tía, y por eso ella se convirtió en lo que se convirtió, porque el monstruo no nace, lo fabrica la suma de todas las caras que se apartan .
A Néstor lo curé sin querer dándole lo que a mí me faltó.
A Adela, igual. A mi hermana, demasiado tarde y demasiado poco.
Es la simetría más cruel de mi historia: que dediqué mi vida profesional a no apartar la cara ante el horror de desconocidos, y curé a unos cuantos con eso, mientras que ante el horror de mi propia sangre —ante Marina, la que más me necesitaba— aparté la cara durante diecisiete años, llamándolo protección.
La miré para protegerla del peligro de fuera.
Nunca la miré, de verdad, normal, para que el peligro interior dejara de ser tan grande.
Quizá si lo hubiera hecho. Quizá. Es el quizá con el que cargo, más pesado que la condena: que tenía la cura, la ejercía con extraños, y se la negué a la única persona del mundo que llevaba mi misma sangre y mi mismo pasillo.