Sin testigos 24
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Su piso era el reverso del mío: cajas a medio abrir, libros en torres inestables, un corcho enorme clavado sobre el escritorio. Me senté de espaldas a ese corcho a propósito; ella lo notó y sonrió, porque era de las que notan esas cosas.

—Trabajo así —dijo, ofreciéndome un té que rechacé—. Necesito ver el caso completo a la vez, como un mapa. Hay gente que escribe en líneas. Yo escribo en paredes. —Señaló el corcho con la barbilla—. Deformación profesional.

No me volví a mirarlo. No hizo falta: lo había registrado al entrar, con un solo barrido, igual que ella registraba los míos.

Fotografías de un pueblo. Un titular ampliado que no necesité leer.

Una casa en llamas. Hilos. La misma telaraña que, sin yo saberlo aún, crecía a quince metros de mi propia ventana, en otra pared, tejida por otra mano.

Dos mujeres distintas reconstruían mi vida en dos corchos enfrentados, y yo, sentado entre ambos sin saberlo, me creía el cazador.

Nora pulsó play en su ordenador. Sonó su voz grabada, más grave y más lenta que la de carne y hueso, la voz que ponen los que cuentan historias para que la gente no apague: «Hay supervivientes que se pasan la vida huyendo del fuego.

Y hay otros que aprenden a vivir dentro de él. » Detuvo la reproducción .

—Es el arranque de la temporada —dijo—. Todavía no tiene final, porque el final no lo sé. —Me miró con esa atención suya que lo guarda todo—. ¿Tú cómo crees que termina una historia así, David? Profesionalmente.

—Las historias de supervivientes no terminan —respondí—. Solo se interrumpen. El trauma no tiene tercer acto. Se repite, o se calla. No hay otra cosa.

Anotó algo en su libreta —de las que apuntan—, y reparé en que, junto al ordenador, una grabadora pequeña, de periodista de los de antes, parpadeaba con una luz roja. Llevaba todo el rato encendida.

—¿Me estás grabando? —Pregunté, sin alarma, casi con admiración.

—Lo grabo todo —dijo, sin pizca de vergüenza—.

Es una manía. Me digo que no cuesta nada.

—Se encogió de hombros—. Tranquilo, no es nada formal.

Es solo que un día oí una entrevista buenísima y no la había grabado, y me prometí que no volvería a perder una palabra que mereciera la pena.

Desde entonces, grabo. Aunque luego no use casi nada.

Le sostuve la mirada un segundo de más. Aquella manía suya —apuntarlo todo, conservarlo todo por si acaso— era prima hermana de la mía, de la de Carla, de la de toda la gente que teme que la verdad se le escape entre los dedos.

No le di importancia entonces. Cometí, al no dársela, el mismo error que ella cometería más tarde al creer que un archivo borrado desaparece de verdad.