Sin testigos 23
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Nora subió a mi piso un jueves, con dos cervezas y una disculpa lista de antemano.

—Vecina invasora —anunció en cuanto abrí—. Vengo a sobornarte antes de pedirte un favor. Es mi método: primero el soborno, después el favor, así te sientes en deuda y no te atreves a negarte. —Alzó las botellas—. Funciona con casi todo el mundo.

—No bebo —dije. Era cierto—. Pero pasa.

Titubeó medio segundo, sorprendida de que la franqueara el paso.

Yo también me sorprendí. Llevaba años sin admitir en casa a nadie que no fuera paciente, y los pacientes pisaban el estudio, nunca el resto.

Aquellos días, sin embargo, había decidido invertir la táctica.

Si Nora era lo que temía, mantenerla lejos solo le permitiría investigarme a distancia, sin vigilancia.

Cerca, en cambio, podría verle las manos.

Mi padre, que acertaba en pocas cosas, soltaba una verdad cuando bebía: a los perros que muerden conviene dejar que te huelan.

Nora recorrió el salón con la curiosidad descarada de quien ha hecho de la curiosidad una profesión.

Reparó en las paredes blancas, en la ausencia de cuadros, en la taza de hojicha vacía sobre la mesa, en las gafas de sol a su lado.

No tocó nada. Lo miró todo, eso sí, mientras yo la miraba mirar; por un momento fuimos dos tasadores tasándose.

—Vives como en una sala de espera —dictaminó al fin—. No lo digo como reproche. Es… honesto. La mayoría atiborra la casa de objetos para no tener que mirarse. Tú, no.

—¿Y el favor? —pregunté .

Se sentó en el sofá sin esperar invitación, depositó las cervezas en el suelo y extrajo del bolsillo del abrigo verde —siempre el verde— una libreta. De las que apuntan.

—Mi pódcast —dijo—. La nueva temporada gira en torno a un caso de aquí, de la provincia.

Un incendio. Hace diecisiete años, en un pueblo del interior, ardió una casa de noche.

Murió toda una familia. Lo archivaron como accidente: una estufa vieja, una fuga de gas, lo habitual.

—Pasó una hoja—. Salvo que hay piezas que no encajan.

El único superviviente fue un crío de quince años que en diecisiete años no ha concedido una sola entrevista.

Se borró del mapa. Cambió de provincia, de vida, casi de apellido.

—Levantó los ojos—. Me obsesiona la gente que desaparece habiendo sobrevivido. ¿A ti no?

Abajo, el cruce mudó de semáforo. Un coche frenó; otro arrancó. El mundo siguió sucediendo al otro lado del cristal, con atención y sin emoción, exactamente como yo lo contemplaba siempre.

—¿Qué favor necesitas de mí? —pregunté, y me oí pronunciarlo con una calma que no reconocí como propia, sino como heredada: la calma idéntica de la voz del prólogo, la voz de los quince años.

—Eres psicólogo —dijo Nora—. Trauma infantil, ¿verdad?

Lo he leído. Tu libro. —Sonrió ante mi desconcierto—.

Ya te avisé de que apunto. Quería preguntarte, en plan técnico, qué le sucede a un niño que atraviesa algo así.

Si sobrevive, ¿qué clase de adulto se fabrica?

¿Cómo lo reconocerías por la calle? —Hizo una pausa—. ¿En qué se le notaría?

La pregunta quedó suspendida en el aire blanco del salón.

¿En qué se le notaría? Le sostuve la mirada.

Tenía dos salidas, y las vi con nitidez, como dos puertas en un corredor a oscuras.

Podía cerrarme. O podía abrirme apenas, con una verdad pequeña y bien dosificada, para que ella creyese haber entrado.

Escogí la segunda. Escogía siempre la segunda. Es la más arriesgada y la más eficaz .

—Se le notaría que ya no tiene miedo —dije—.

Lo gastó de golpe, demasiado pronto, y se quedó sin reservas.

La gente imagina que el horror deja a sus víctimas asustadas para siempre.

A veces sucede lo contrario: las deja serenas.

Demasiado serenas. —Cogí la taza vacía y la deposité en el fregadero, por el simple gesto de moverme—.

Búscalo por ahí, Nora. No entre los que tiemblan. Entre los que no.

Nora no escribió nada. Se quedó observándome, muy quieta, con la cerveza sin abrir entre las manos, y por primera vez desde que había cruzado el umbral dejó de parecer una periodista frente a una fuente.

Parecía una mujer que acababa de oír una voz ya conocida.